Todo el mundo habla del medio tiempo de la Super Bowl y Bad Bunny. Y a mí, que no me gustan las modas pero sí la narrativa, no he podido evitar hacer análisis desde mi terreno.

Eso no fue solo un concierto. Fue una arquitectura de relato cultural y emocional que se instaló en el centro del imaginario estadounidense y global.

En 13 minutos, Benito Bad Bunny cantó. Bueno, lo de cantar lo dejamos para otro post, porque esa música te puede gustar o no, pero lo que es una evidencia es que narró un argumento con personajes, símbolos, tensiones y resolución.

Algo que redefine lo que entendemos por American Dream en un país donde la población latina representa más de 68 millones de personas.

1. Estructura narrativa de lo íntimo a lo universal

El espectáculo usó lo contrario a lo genérico. Lo particular, su identidad puertorriqueña y latina, como el eje para un relato más amplio sobre pertenencia y propósito.

Abrió con la energía de Tití Me Preguntó, una canción que, en su textura, ya es un microuniverso de ritmo, lenguaje y memoria cultural.

Luego se desplegaron escenas. La casita que evoca hogar y comunidad, el homenaje a la vida cotidiana de la calle, la simulación de juegos de dominó, la figura del vendedor de piraguas… que jugaron con la lógica del storytelling visual a través de símbolos con significados claros que conectan pasado personal con presente colectivo.

Narrativamente, el guion del show transitó de:

  • Presentación de identidad (yo soy).
  • Testimonio de resistencia (hemos estado aquí).
  • Llamada a la inclusión (juntos somos América).
  • Cierre con mensaje emocional y universal (el amor vence al odio).

Ese arco, es decir, la microestructura de cualquier relato potente, convierte lo efímero en momento cultural con impacto duradero.

Y sobre todo, ese sentimiento de pertenencia mucho más allá de lo cultural como ser parte de un propósito mayor.

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2. Inclusión cultural como gesto político

Que un espectáculo global hable mayormente en español y lo haga sin concesiones no es un detalle menor. Para mí es un acto de afirmación cultural.

No fue una traducción cosmética para asimilar, sino una presencia total que básicamente dice y proyecta un mensaje subliminal. El de que no hay que diluir quiénes somos para ser relevantes.

Ese gesto es narrativamente poderoso, ya que invita al espectador a entrar en otro universo lingüístico y afectivo, no solo a consumirlo desde fuera.

La inclusión no se quedó en lo musical o estético. Bad Bunny subió al escenario una taquería como símbolo. Es decir, un pequeño negocio latino, y lo enlazó a la narrativa de la lucha por el reconocimiento y la visibilidad.

También puso a diseñadores latinos en el foco de la moda y las imágenes, y convocó figuras como Lady Gaga y Ricky Martin para expandir el relato a alianzas que hablan de comunidad transversal.

Si esto no es storytelling estratégico, que baje Dios y me lo cuente. En serio, me parece BRILLANTE.

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3. Emoción y propósito más allá de lo superficial

No fue un show de fuegos artificiales y hits deshilvanados. El relato emocional viajó por varios niveles:

  • Celebración de raíces y orgullo. ¡Obviamente!
  • Reconocimiento del dolor histórico (referencias al apagón, a la infraestructura deteriorada, a la migración y resistencia). Aquí a más de uno le dolería, seguro, pero es la historia de un pueblo, de su historia, su ADN emocional…
  • Una llamada colectiva a creer en uno mismo y en la comunidad.

La frase que se proyectó, “The only thing more powerful than hate is love”, es más que un eslogan pegadizo. Es la tesis central del relato. El enemigo no es la otra persona que piensa distinto, sino el miedo que divide.

Eso transforma el mensaje en aspiracional (puedes lograr tus sueños) y en ético (merece la pena construir juntos un sentido de pertenencia más amplio).

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4. Resonancia generacional y cultural en Estados Unidos

Una parte clave del impacto no estuvo solo en el estadio o en la audiencia en vivo. Se midió en acciones concretas después.

Por ejemplo, una plataforma educativa reportó un aumento de más del 35% en inscripción de personas aprendiendo español tras el show. ¿Te imaginas?

No lo hicieron por moda, sino por motivación real para conectar cultural y emocionalmente con lo que vieron.

Eso no pasa cuando un artista simplemente canta bien (que para muchos no es el caso). Pasa cuando el espectador se reconoce en la historia, cuando ve en esas imágenes un reflejo de sí mismo o de quienes ama. Ya sean generaciones, familias, comunidades… Y esas personas sienten que hay un camino posible hacia sus propios retos y metas.

5. El relato no es monolítico

Déjame que te haga una crítica con criterio. Bueno, un poco más.

El espectáculo no fue universalmente celebrado sin debate. Hubo reacciones polarizadas, como suele ocurrir en todo este tipo de historias y escenas con tanto impacto a nivel global.

Desde críticas sobre la elección del idioma hasta acusaciones de división cultural que revelan cómo una narrativa disruptiva pone en tensión discursos establecidos sobre identidad, nación y poder.

Eso es útil. Sí, en serio, está bien. Un buen relato no evita la contradicción o el conflicto ético. Lo que hace es canalizar para abrir preguntas más profundas sobre quién tiene voz en la cultura dominante.

6. ¿Y por qué usar su nombre real? Benito

Aquí está la jugada narrativa más humana, si me lo permites.

“Bad Bunny” es la marca. “Benito” es la persona. Y en storytelling estratégico, cuando alguien pasa del alias al nombre propio, está haciendo esto:

  • Baja del pedestal
  • Humaniza el mito
  • Conecta el éxito con el origen

Es un gesto potentísimo porque refuerza el mensaje central del show: El sueño no lo logró un personaje. Lo logró un chico real, latino, con nombre y apellido, que salió de un contexto reconocible.

Eso transforma la narrativa de celebridad en narrativa de posibilidad. ¡BOOM!

No es: “Mira hasta dónde llegó la estrella”

Es: “Mira hasta dónde puede llegar alguien como tú”

Ahí es donde el relato se vuelve generacional y símbolo de identidad apabullante para las nuevas generaciones.

Cuando una figura global usa su nombre real en el escenario más grande del país, está enviando un mensaje psicológico muy claro: No necesito esconderme detrás del personaje para pertenecer aquí.

Eso es identidad integrada. Y eso, para millones de latinos que han sentido presión por “neutralizar” su acento, su nombre o su cultura para encajar, es un impacto simbólico brutal.

No es moda. No es branding superficial. Es narrativa de identidad y legitimidad.

Uno de los momentos más tiernos de la Super Bowl es este de la foto de abajo, donde Bad Bunny entrega un Grammy a un niño que representaba a Benito de pequeño.

Un gesto simbólico que celebra los sueños, los orígenes humildes y todo lo que significa perseguirlos.

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7. Vestirse como declaración cultural

La ropa de Bad Bunny en el Super Bowl no era vestuario. Era argumento narrativo en potencia. En un show donde todo estaba medido al milímetro, su look no fue “estilo urbano cool”. Fue lenguaje narrativo.

Nada en su ropa era neutro. Siluetas amplias, guiños a la estética caribeña, mezcla entre lujo, calle y tradición. Esa fusión cuenta la historia de Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny): “No vengo a disfrazarme de estrella global. Vengo vestido de donde vengo.”

Eso es importantísimo a nivel narrativo, porque cuando un artista latino pisa el escenario más visto de EE.UU., históricamente se esperaba que “internacionalizara” su imagen, es decir, que se diluyera. Bad Bunny hizo lo contrario: hipervisibilizó su identidad.

La ropa funcionó como símbolo de pertenencia, no como tendencia de moda. Los códigos latinos no eran estética, eran memoria. Colores, texturas y referencias visuales evocaban Caribe, barrio, cotidianidad, calor humano. No era lujo frío, era lujo con raíz, con ADN, con esencia y autenticidad.

Ese contraste importa, y mucho, porque la Super Bowl suele representar poder, espectáculo, industria. Su vestuario introdujo comunidad, cultura popular y herencia.

Es el equivalente visual a hablar español en vez de traducirse. No adapta el mensaje, adapta el escenario. Y esto es un giro en la historia de este espectáculo, teniendo en cuenta el negocio que hay detrás.

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Zara, una marca de ropa española, en el centro de Bad Bunny y su narrativa

Resulta que el outfit con el que Bad Bunny pisó uno de los escenarios más caros, vistos y analizados del planeta… era de Zara. Sí. Zara. No una casa de alta costura parisina. No un diseñador inaccesible con lista de espera de celebridades. Zara.

La moda en un show así suele ser distancia: piezas únicas, imposibles, fuera del alcance de la audiencia. Eso crea admiración… pero también separación.

Aquí pasó lo contrario. El mensaje implícito fue: “No me vestí para que me mires desde abajo. Me vestí para que te veas reflejado.”

Y eso conecta con su uso del nombre real, Benito. No era el personaje blindado por el lujo. Era la persona, el origen, el barrio, el chico que podría haber sido cualquiera.

El subtexto que millones entendieron sin que nadie lo explicara es que un artista latino en el escenario más grande de Estados Unidos, hablando en español, usando su nombre real yestido con una marca popular.

Eso construye una idea emocional brutal: “No necesitas transformarte en otra cosa para llegar lejos.”

Y para generaciones que crecieron pensando que había que suavizar el acento, cambiar el nombre o “parecer más de aquí” para triunfar… ese mensaje vale más que cualquier traje de diseñador.

Además, Zara, ¡una empresa española!

La historia de Amancio Ortega y Zara es, en esencia, un relato de democratización silenciosa. Un joven gallego que empezó trabajando desde abajo en el sector textil entendió algo que cambió la industria para siempre.

La moda no tenía por qué ser lenta, elitista ni inaccesible. Y construyó un modelo que acercó el diseño actual a la gente común, acortando distancias entre pasarela y calle. Esa filosofía de hacer que lo aspiracional sea cotidiano es lo que convirtió a Zara en un fenómeno global.

Y simbólicamente, conecta con narrativas como la de Bad Bunny: éxito sin desconectarse del origen, impacto masivo sin perder la lógica de la gente real.

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Lo que queda

Este medio tiempo fue una narración performativa que operó como un microrelato con estructura clara, personajes, conflicto y una resolución aspiracional.

Más allá de entretenimientos o viralidad, Bad Bunny dejó en el centro de la Super Bowl una pregunta implícita: ¿quiénes somos como sociedad y qué historias elegimos para definirnos?

Ese es el calibre de impacto que tiene un storytelling estratégico.

Un storytelling estratégico no es solo lo que se cuenta, sino cómo se cuenta, a quién incluye y qué emociones moviliza hacia acción o reflexión. – Elia Guardiola –

En un país con una población latina en crecimiento y cada vez más diversa, ese tipo de relatos no se olvidan. Al contrario, calan hondo, modelan sentido, invitan a pertenecer y expanden lo posible para generaciones enteras.


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