¿Y si el problema no es la falta de autoestima profesional, sino el exceso de comparación?
La psicología de la comparación social, las narrativas del éxito profesional y esa extraña capacidad que tenemos para sentirnos insuficientes incluso cuando estamos avanzando.
En el mundo profesional hay muchas cosas extraordinarias, pero una en concreta me tiene siempre dando vueltas en la cabeza.
Puedes llevar años construyendo una carrera, haber conseguido clientes que antes parecían inalcanzables, haber desarrollado competencias que no tenías, haber superado dificultades importantes y sentirte razonablemente satisfecho con tu trayectoria. Hasta que una mañana abres LinkedIn.
Alguien anuncia que ha sido nombrado director general. Otra persona celebra su tercera ronda de financiación. Un antiguo compañero publica una fotografía dando una conferencia ante diez mil personas. Una consultora presenta su nuevo libro. Alguien de tu sector comunica que ha facturado siete cifras. Y, de repente, sin que haya cambiado absolutamente nada en tu vida profesional durante esos cinco minutos, empiezas a sentir que quizá no has conseguido tanto.
Te ha pasado, ¿verdad? Seamos honestos, nos ha pasado a todos.
Tu carrera es exactamente la misma que antes de abrir la aplicación. Tus competencias no han disminuido, tus clientes siguen ahí y tus proyectos continúan avanzando. Sin embargo, tu percepción de ti mismo acaba de experimentar una pequeña alteración.
Lo interesante es que no ha cambiado tu trayectoria. Ha cambiado el relato con el que la estás evaluando.
Visto desde mi terreno de las las estructuras narrativas, incluso desde la psicología social, me pregunto… ¿y si algunas de las inseguridades profesionales que atribuimos a una baja autoestima estuvieran relacionadas, en parte, con la frecuencia y el tipo de comparaciones que nos hacemos con los demás?
La autoestima no se construye en el vacío
Tendemos a imaginar la autoestima como una especie de depósito interior que debemos llenar mediante autoconocimiento, confianza, reconocimiento personal y experiencias satisfactorias. Sin embargo, nuestra valoración de nosotros mismos también se construye en relación con el entorno.
En 1954, el psicólogo social Leon Festinger publicó su conocida Theory of Social Comparison Processes, donde planteaba que las personas tenemos una tendencia a evaluar nuestras opiniones y capacidades y que, cuando no disponemos de criterios objetivos suficientes, recurrimos a otras personas como referencia.
¿Te imaginas? Consciente e inconscientemente nos estamos comparando todo el día…
La teoría no afirmaba que toda comparación fuera perjudicial. Al contrario, compararnos puede proporcionarnos información útil para comprender nuestras capacidades, interpretar nuestro desempeño y orientar nuestras decisiones.
Pensemos en una situación profesional cotidiana. Si estoy aprendiendo a hablar en público, observar a un conferenciante experimentado puede ayudarme a identificar habilidades que necesito desarrollar.
O quizá estoy creando una empresa, conocer cómo trabajan otras organizaciones puede ofrecerme referencias estratégicas. Si estoy iniciando una carrera académica, comparar mis conocimientos con los de compañeros más avanzados puede mostrarme cuánto me queda por aprender.
La comparación, por tanto, no es el enemigo.
El problema empieza cuando dejamos de utilizarla como una fuente de información y empezamos a convertirla en un tribunal permanente sobre nuestro propio valor.
Porque hay una diferencia considerable entre pensar «esa persona ha conseguido algo que me gustaría aprender a conseguir» y concluir «esa persona ha conseguido algo que yo no tengo, por tanto, mi trayectoria vale menos».
En el primer caso, la comparación puede orientar el aprendizaje. En el segundo, se convierte en una evaluación de nuestra identidad, y por ende, nos perjudica la autoestima.
Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, puede modificar profundamente nuestra relación con el éxito profesional.
La comparación ascendente. Mirar hacia arriba y sentir que siempre estamos abajo
En psicología social se utiliza el concepto de upward social comparison para describir las comparaciones con personas que percibimos como superiores a nosotros en alguna dimensión.
Puede tratarse de ingresos, reconocimiento, posición jerárquica, influencia, conocimientos, resultados empresariales o prestigio profesional.
Estas comparaciones pueden producir efectos diferentes. En ocasiones nos inspiran, nos proporcionan modelos de aprendizaje o nos ayudan a descubrir posibilidades que no habíamos contemplado. En otras, generan envidia, frustración o una percepción de insuficiencia.
No reaccionamos todos igual ante las mismas comparaciones.
En 2015, Erin Vogel y sus colaboradores publicaron una investigación sobre la orientación hacia la comparación social y sus consecuencias en redes sociales.
Sus estudios encontraron que las personas con mayor tendencia a compararse socialmente mostraban, en determinadas condiciones experimentales, percepciones más negativas de sí mismas, menor autoestima y un balance emocional menos favorable después de realizar comparaciones en Facebook.
Es importante precisar que estos resultados no permiten afirmar que cualquier exposición a personas exitosas reduzca nuestra autoestima. El efecto depende, entre otros factores, de nuestra tendencia individual a compararnos, del contexto y de cómo interpretamos aquello que observamos.
Es decir, dos profesionales pueden observar exactamente el mismo éxito ajeno y construir interpretaciones completamente distintas.
Uno piensa: «Qué interesante. Quiero saber cómo lo ha conseguido».
Otro piensa: «Otra persona que va por delante de mí».
El hecho observado es el mismo. La interpretación psicológica es diferente. Y aquí empieza a entrar en juego la narrativa.
No nos comparamos con trayectorias completas. Nos comparamos con historias editadas
Una trayectoria profesional no es una sucesión continua de éxitos.
Contiene decisiones acertadas y equivocadas, periodos de crecimiento, estancamientos, aprendizajes, pérdidas, oportunidades, renuncias, dificultades económicas, problemas personales, cambios de dirección y circunstancias que muchas veces escapan a nuestro control.
Pero cuando alguien comunica públicamente su carrera, normalmente selecciona determinados acontecimientos y los organiza dentro de una historia.
Esto es perfectamente comprensible.
Toda narración implica selección. No podemos contarlo todo. La cuestión es qué seleccionamos y qué dejamos fuera. – Elia Guardiola –
En las estructuras narrativas clásicas encontramos elementos como el protagonista, su objetivo, los obstáculos, el conflicto, las transformaciones y el desenlace. Cuando construimos un relato profesional, esos componentes también aparecen, aunque no siempre de forma explícita.
Sin embargo, muchas historias profesionales que consumimos públicamente presentan una arquitectura peculiar: conocemos el resultado, pero apenas conocemos el proceso.
Vemos el premio, pero no las candidaturas rechazadas. Observamos el nombramiento, pero no las decisiones difíciles que lo precedieron. Vemos la facturación, pero desconocemos los márgenes, los costes y las condiciones que hicieron posible alcanzarla. Vemos el escenario, pero no los años de preparación, los errores o las oportunidades que contribuyeron a llegar hasta él.
Y entonces cometemos un error narrativo muy humano:
Comparamos nuestra historia completa, de la que conocemos prácticamente todos los conflictos, con una versión seleccionada de la historia ajena. – Elia Guardiola –
Nosotros conocemos nuestras dudas, nuestros días improductivos, nuestras contradicciones y las ocasiones en que las cosas no salieron como esperábamos.
De los demás, con frecuencia, conocemos el desenlace que han decidido compartir. Así que no es una comparación equilibrada.
Es como juzgar nuestra vida profesional a partir de un documental de ocho horas y la de otra persona a partir de un tráiler, o un reel en Instagram, ya puestos en el contexto, de cuarenta segundos.
Y, para colmo, concluir que su película es mejor. No jodamos… (perdón).
LinkedIn se ha convertido en un escaparate extraordinario de comparación profesional
No porque la plataforma sea intrínsecamente perjudicial, sino porque reúne varias condiciones que favorecen la evaluación social: perfiles profesionales, indicadores de reconocimiento, trayectorias laborales, promociones, logros, premios, publicaciones y redes de contactos.
La comparación profesional no nació con LinkedIn. Siempre hemos observado qué conseguían nuestros compañeros, cuánto progresaban otras personas o qué oportunidades recibían quienes trabajaban en nuestro sector.
La diferencia es que ahora podemos hacerlo durante horas, con personas de todo el mundo y desde el teléfono.
Y existe investigación reciente específicamente relacionada con este fenómeno.
Un estudio publicado en julio de 2026 en Behavioral Sciences, titulado Revising Career Goals on LinkedIn: The Role of Career-Related Social Comparison and Goal Discrepancy, analizó datos de 188 usuarios de LinkedIn.
Los investigadores encontraron que un uso más intenso de la plataforma se asociaba con comparaciones profesionales más frecuentes. Estas, a su vez, se relacionaban con una mayor percepción de distancia respecto a los propios objetivos de carrera y con una mayor revisión de esos objetivos. Los análisis también mostraron diferencias entre revisar las metas hacia arriba o hacia abajo: el mecanismo de mediación estudiado explicaba la revisión descendente, pero no del mismo modo la ascendente.
Ojo, interpretemos con prudencia los resultados, ya que se trata de un estudio con una muestra relativamente pequeña y un diseño correlacional, por lo que no demuestra que utilizar LinkedIn cause insatisfacción profesional ni que las comparaciones provoquen necesariamente una reducción de nuestras aspiraciones.
Pero sí identifica una relación que, desde mi punto de vista, merece atención.
Observar las carreras ajenas puede influir en cómo evaluamos la distancia entre nuestra situación actual y la carrera que creemos que deberíamos tener. – Elia Guardiola –
Y eso es especialmente interesante desde la perspectiva narrativa. Porque quizá no estamos modificando únicamente nuestros objetivos. Quizá estamos modificando la historia que nos contamos sobre dónde deberíamos encontrarnos a estas alturas de nuestra vida.
La comparación también puede deteriorar las relaciones profesionales
Hay otro aspecto menos visible y especialmente relevante para quienes trabajamos en organizaciones, liderazgo y comunicación corporativa.
Cuando la comparación se convierte en una competición constante por el estatus, puede modificar cómo interpretamos los éxitos de nuestros compañeros. Un reconocimiento ajeno deja de ser simplemente una buena noticia y puede empezar a percibirse como una amenaza para nuestra propia posición.
En 2009, Peter Fischer, Andrea Kastenmüller, Dieter Frey y Claudia Peus publicaron una investigación sobre comparación social e intercambio de información en contextos laborales. Sus resultados relacionaron las comparaciones ascendentes con mayores niveles de envidia y con una menor transmisión de información de alta calidad hacia el compañero utilizado como referencia.
Otra investigación publicada en Journal of Business Research en 2024, de Sun Young Sung, Yi Xin Li y Jin Nam Choi, estudió cómo diferentes formas de envidia podían intervenir en la relación entre comparación ascendente y disposición a compartir conocimiento. Incluyó, entre otros diseños, datos de 176 parejas de trabajadores y supervisores y encontró resultados compatibles con la idea de que ciertas comparaciones pueden estimular conductas constructivas de aprendizaje, mientras que otras pueden favorecer respuestas menos colaborativas.
Este matiz me parece fundamental. La envidia no conduce inevitablemente al sabotaje, ni admirar a alguien garantiza que aprendamos de esa persona. La interpretación que hacemos de la diferencia importa.
Podemos percibir el éxito ajeno como una referencia alcanzable que nos anima a mejorar, o como una amenaza a nuestra posición que despierta resentimiento. – Elia Guardiola –
Y aquí aparece una pregunta importante para las organizaciones: ¿qué tipo de cultura estamos construyendo cuando convertimos todos los logros individuales en una clasificación permanente?
Porque una empresa necesita evaluar resultados, reconocer el mérito y establecer criterios de desempeño. Pero si la comparación interna se convierte en el lenguaje dominante de reconocimiento, puede acabar dificultando precisamente aquello que necesita para funcionar: confianza, cooperación y circulación de conocimiento.
¿Y si la autoestima profesional se hubiera vuelto demasiado dependiente del reconocimiento externo?
La autoestima no es una característica completamente fija ni independiente de las experiencias. Además, existen diferencias individuales importantes en los ámbitos de los que hacemos depender nuestra valoración personal.
En psicología se ha estudiado la autoestima contingente, es decir, la tendencia a vincular el propio valor a determinados resultados, como la aprobación de los demás, el rendimiento académico, la apariencia o la competencia.
Aplicado al ámbito profesional, esto plantea una cuestión especialmente relevante.
¿Qué ocurre cuando dejamos de pensar «quiero hacer bien mi trabajo» y empezamos a pensar «necesito que mi trabajo demuestre que valgo»?
La diferencia parece lingüística, pero sus implicaciones pueden ser profundas.
- En el primer caso, el rendimiento es un objetivo.
- En el segundo, el rendimiento se convierte en una prueba de identidad.
Si una propuesta no prospera, puedo interpretarlo como un resultado que necesito analizar. Pero también puedo convertirlo en una conclusión sobre mi capacidad profesional.
Si otra persona consigue una oportunidad que yo deseaba, puedo preguntarme qué puedo aprender de su trayectoria. O puedo interpretarlo como una confirmación de que no soy suficientemente bueno.
Y cuando nuestra autoestima depende excesivamente de señales externas, el reconocimiento puede convertirse en una meta que nunca termina de satisfacerse.
Porque siempre habrá alguien con más experiencia, mejores contactos, mayor facturación, más premios, más seguidores o un cargo aparentemente superior.
No existe una última posición en la comparación social. Siempre podemos encontrar otra referencia. – Elia Guardiola –
El problema de construir nuestra historia profesional utilizando al otro como protagonista
Toda narrativa necesita algún principio de organización. Seleccionamos acontecimientos, establecemos relaciones entre ellos, atribuimos causas, identificamos conflictos y construimos una interpretación de lo sucedido.
Hacemos algo parecido cuando explicamos nuestra trayectoria profesional.
- «Empecé trabajando en una pequeña empresa, después asumí responsabilidades, atravesé una crisis y decidí emprender».
- «Durante años trabajé en un sector que no me apasionaba hasta que descubrí aquello a lo que quería dedicarme».
- «Después de varios proyectos fallidos, encontré una manera diferente de desarrollar mi carrera».
Estas historias no son únicamente descripciones de acontecimientos. También expresan cómo interpretamos nuestra identidad y nuestra evolución.
Pero la comparación constante puede introducir una distorsión. Dejamos de organizar nuestra historia alrededor de nuestros propios objetivos y empezamos a interpretarla en función de los acontecimientos de otros protagonistas.
- Mi ascenso parece insuficiente porque otro ha ascendido antes.
- Mi empresa parece pequeña porque otra factura más.
- Mi conferencia pierde importancia porque alguien ha hablado ante una audiencia mayor.
- Mi libro parece menos relevante porque otro ha vendido más ejemplares.
Y así, poco a poco, el conflicto principal de nuestra historia deja de ser aquello que queremos aprender, construir o transformar.
El conflicto pasa a ser la distancia que percibimos entre nosotros y los demás. – Elia Guardiola –
Esto no significa que debamos ignorar el contexto competitivo. Sería ingenuo. En determinados mercados necesitamos conocer los resultados de otros profesionales para tomar decisiones estratégicas, fijar precios, identificar oportunidades y evaluar nuestra posición.
Hasta aquí todo correcto, ¿verdad? Lo asumimos como algo normal.
Pero una referencia de mercado no debería convertirse automáticamente en una medida de valor personal.
Porque entonces hemos cedido a terceros algo esencial: el criterio con el que interpretamos nuestra propia trayectoria.
El sesgo narrativo de los desenlaces exitosos
Hay otra cuestión de la que quiero hablar. Cuando observamos a una persona que ha conseguido un resultado extraordinario, solemos conocer su historia desde el desenlace. Sabemos que creó una empresa que terminó siendo rentable, que publicó un libro exitoso o que alcanzó una posición de liderazgo.
Y desde ese resultado reconstruimos retrospectivamente el camino.
Las decisiones acertadas adquieren protagonismo. Los obstáculos superados parecen necesarios. Los errores se convierten en aprendizajes y las casualidades pueden desaparecer del relato.
El éxito final aporta coherencia narrativa a acontecimientos que, mientras estaban ocurriendo, probablemente contenían bastante incertidumbre.
Esto conecta con fenómenos estudiados en psicología cognitiva, como el sesgo retrospectivo (hindsight bias), por el que, una vez conocido un resultado, podemos percibirlo como más previsible de lo que realmente era.
En el ámbito profesional, esta tendencia puede hacernos interpretar las trayectorias exitosas como si hubieran seguido una lógica inevitable.
- «Tenía clarísimo lo que quería».
- «Siempre supe que lo conseguiría».
- «Todo empezó con aquella decisión».
Son frases narrativamente poderosas, pero conviene preguntarse cuánto hay de planificación, cuánto de interpretación posterior y cuánto de circunstancias que no podían anticiparse.
El riesgo aparece cuando utilizamos esos relatos retrospectivamente ordenados para juzgar nuestra propia trayectoria, que todavía está desarrollándose y cuyo desenlace desconocemos.
Estamos comparando una historia que todavía se está escribiendo con otra que conocemos desde su final.
Y esa comparación tiene un problema estructural evidente.
Quizá no necesitamos compararnos menos, sino compararnos mejor
Sería poco riguroso, e ignorante, concluir que la solución consiste en eliminar toda comparación social. No solo sería difícil, sino que también perderíamos una fuente importante de aprendizaje.
La cuestión es modificar qué comparamos, para qué lo hacemos y qué conclusiones extraemos.
Comparar competencias puede ayudarnos a identificar oportunidades de desarrollo. Comparar estrategias puede mejorar nuestras decisiones. Y comparar resultados puede mostrarnos si estamos alcanzando los objetivos que nos hemos propuesto.
Pero comparar identidades completas a partir de indicadores parciales resulta mucho más problemático… y peligroso.
No conocemos todas las variables que explican la trayectoria de otra persona. No sabemos necesariamente qué oportunidades recibió, qué recursos tenía disponibles, qué sacrificios realizó, qué prioridades personales eligió o qué costes asumió.
Tampoco conocemos siempre sus objetivos. Y esto para mí es decisivo. Porque dos profesionales pueden alcanzar resultados diferentes sin estar compitiendo por el mismo tipo de vida.
Uno puede priorizar el crecimiento económico. Otro, la investigación. O la autonomía. Incluso la estabilidad. Otro, el reconocimiento internacional. Otro, disponer de más tiempo para su familia. Y así hasta el infinito de objetivos para cada una de las personas de este mundo.
Entonces, ¿quién ha tenido más éxito? La respuesta dependerá del criterio.
Y si utilizamos un criterio que no corresponde a nuestros propios objetivos, podemos acabar interpretando como insuficiente una trayectoria que, en realidad, está avanzando en la dirección que habíamos elegido.
La comparación temporal con nosotros mismos
Hay una comparación que solemos utilizar mucho menos: la comparación temporal con nosotros mismos
Sí, la psicología también ha estudiado las comparaciones temporales, aquellas en las que evaluamos nuestra situación actual respecto a versiones anteriores de nosotros mismos. En el contexto profesional pueden ofrecernos información especialmente valiosa.
- ¿Qué sabía hacer hace cinco años que ahora hago mucho mejor?
- ¿Qué decisiones puedo tomar hoy que antes me parecían imposibles?
- ¿Qué habilidades he desarrollado?
- ¿Qué problemas he aprendido a resolver?
- ¿Qué relaciones profesionales he construido?
- ¿Qué oportunidades puedo generar ahora que antes no estaban a mi alcance?
Estas preguntas no garantizan que nos sintamos mejor ni sustituyen la necesidad de evaluar objetivamente nuestro rendimiento. Pero cambian el punto de referencia, créeme.
En lugar de preguntarnos únicamente cuánto nos separa de otras personas, examinamos también cuánto hemos evolucionado respecto a nuestra propia trayectoria. Y eso permite recuperar algo que la comparación profesional constante puede hacernos perder: la percepción de progreso.
Porque progresar no siempre significa adelantar a alguien. A veces significa comprender mejor, decidir con mayor criterio, trabajar de otra manera o haber adquirido capacidades que antes no teníamos.
¡Pero cuidado! Tampoco convirtamos la comparación en la culpable de todas nuestras inseguridades
Aquí introduciría una advertencia importante. La baja autoestima puede tener múltiples antecedentes y mecanismos psicológicos. Las experiencias tempranas, las relaciones interpersonales, la autocrítica, los acontecimientos vitales, los contextos laborales y diferentes factores individuales pueden intervenir en cómo nos valoramos.
Por tanto, sería incorrecto afirmar que las personas no tienen problemas de autoestima, sino simplemente un exceso de comparación.
Además, la relación puede funcionar en distintas direcciones. Una persona con menor autoestima puede ser más vulnerable a determinadas comparaciones, mientras que ciertas experiencias comparativas pueden contribuir a deteriorar temporalmente su autovaloración.
La investigación de Vogel y colaboradores, publicada en 2014 en Psychology of Popular Media Culture, resulta útil precisamente porque combinó un estudio correlacional con otro experimental. Encontraron asociaciones entre mayor uso de Facebook, comparaciones ascendentes y menor autoestima, y también observaron que la exposición experimental a perfiles que favorecían comparaciones ascendentes producía evaluaciones personales menos favorables que la exposición a perfiles de comparación descendente.
Esto no demuestra que la comparación explique todos los problemas de autoestima ni permite generalizar automáticamente sus resultados a cualquier red profesional.
Pero sí indica que el contexto comparativo puede influir en cómo nos valoramos, incluso sin que hayan cambiado nuestras capacidades objetivas.
Y ese es precisamente el núcleo de la reflexión. Y eso que hablamos de un estudio de 2014. ¿Te imaginas hacer ese mismo estudio ahora en 2026 con Instagram o Tik Tok? Ainsss…
Quizá deberíamos revisar la historia que nos contamos sobre nuestro éxito
Así que voy a meter el dedo en la llaga, como a mí me gusta, y te propongo un pequeño ejercicio, especialmente útil para quienes trabajamos en entornos donde el reconocimiento, la visibilidad y los resultados forman parte de nuestra actividad profesional.
La próxima vez que un logro ajeno nos haga cuestionar nuestra propia trayectoria, podríamos hacernos algunas preguntas:
- ¿Quería conseguir eso antes de saber que otra persona lo había conseguido?
- ¿Estoy comparando resultados equivalentes o únicamente indicadores visibles?
- ¿Conozco las circunstancias que explican su trayectoria?
- ¿Qué puedo aprender de ese logro sin convertirlo en una descalificación del mío?
- ¿Y qué evidencia tengo de que mi carrera está retrocediendo, más allá de que otra persona esté avanzando?
La primera pregunta me parece especialmente reveladora. Porque algunas aspiraciones nacen de nuestros intereses, valores y objetivos. Otras aparecen después de descubrir que alguien ha conseguido algo que nosotros no teníamos previsto desear.
Y entonces…
Confundimos una oportunidad de comparación con una necesidad personal. – Elia Guardiola –
El comportamiento humano es espectacularmente interesante
Somos capaces de construir carreras extraordinariamente complejas y, al mismo tiempo, modificar la percepción de su valor después de observar durante unos minutos la trayectoria de un desconocido.
Podemos sentir orgullo por nuestro trabajo por la mañana y frustración por la tarde sin que haya ocurrido ningún acontecimiento profesional negativo. Basta con descubrir que alguien ha conseguido algo más. O algo antes. O algo que parece más importante.
Quizá el problema no sea siempre que nos valoremos poco, sino que hemos acostumbrado a nuestra mente a evaluarnos mediante referencias que cambian constantemente.
Y, desde la narrativa, eso introduce una contradicción fundamental:
Queremos construir una historia profesional propia, pero utilizamos continuamente las historias ajenas para decidir si la nuestra merece la pena. – Elia Guardiola –
No se trata de dejar de admirar a otros profesionales, ni de renunciar a la ambición, ni de convencernos de que cualquier resultado es suficiente. Se trata de distinguir entre una comparación que nos ayuda a crecer y otra que nos obliga a vivir en una carrera cuyo recorrido, criterios y meta nunca hemos elegido.
Porque el éxito profesional no es una estructura narrativa universal. No todas las historias necesitan el mismo desenlace, ni todos los protagonistas persiguen el mismo objetivo, ni todas las transformaciones pueden medirse en facturación, cargos, premios o reconocimiento público.
Y quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no sea si estamos consiguiendo tanto como los demás, sino esta:
¿Estoy construyendo la trayectoria profesional que quiero o intentando alcanzar el desenlace de una historia que pertenece a otra persona?
Porque puedes estar avanzando muchísimo y no darte cuenta. Simplemente porque llevas demasiado tiempo mirando hacia dónde van los demás… y no hacia tu propio frente.
Nota:
Estos contenidos son parte de mis experiencias y conclusiones personales que me han enseñado a mejorar profesional y personalmente. No creo en las verdades absolutas (a menos que haya pruebas fehacientes), pero sí son mi verdad basada en hechos reales.
Los contenidos que comparto sobre psicología social, neurociencias del comportamiento humano, inteligencia emocional, arquitectura del relato y estructuras narrativas son parte de mi constante estudio documentado para aportar rigor en el apoyo de los hechos desde hace casi veinte años.
Así mismo, mis reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en debates conflictivos, pero sí creyendo en el diálogo humano para enriquecernos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmar mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento como parte de microfenómenos de la sociedad.
Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.
Elia Guardiola – hola@eliaguardiola.com – www.eliaguardiola.com