Hay un hecho en la Psicología Social que es digno de estudio.
Todos conocemos a alguien así.
— ¿Cómo te fue el viaje?
— Genial. Estuvimos diez días en Japón. Tokio es una locura. Luego fuimos a Kioto…
Te cuenta el viaje. Le preguntas por la comida. Por los lugares. Por lo que más le sorprendió. Por aquel problema que tuvo con el vuelo. Por si volvería.
Veinte minutos después sabes qué comió en Osaka, cuánto le costó el hotel y que descubrió un pequeño restaurante en Kioto que, según asegura, «no conoce ningún turista».
Entonces termina. Silencio. Y esperas.
Porque tú también has viajado. De hecho, acabas de regresar de Ecuador. Pero la pregunta nunca llega.
Ni un:
— ¿Y tú?
Nada.
Y hay algo extrañamente desconcertante en esas conversaciones. No porque necesitemos hablar de nosotros constantemente. Sino porque, en algún lugar de nuestro cerebro social, esperamos reciprocidad.
Yo me he interesado por ti. Ahora espero alguna señal de que tú también tienes curiosidad por mí. Y cuando esa señal no aparece repetidamente, empezamos a sentir algo difícil de definir.
No necesariamente rechazo. Algo quizá más sutil: invisibilidad.
Así que la psicología social me viene como anillo al dedo para tratar este tema.
Una conversación no es simplemente hablar por turnos
Podemos pasar una hora hablando con alguien y no haber tenido realmente una conversación. Porque conversar no consiste únicamente en alternar palabras.
Existe una arquitectura invisible.
Yo digo algo. Tú recoges alguna parte de lo que he dicho. La amplías. Preguntas. Añades algo tuyo. Yo recojo eso. Y continuamos.
Es una especie de construcción conjunta.
Pero hay personas que utilizan una arquitectura diferente.
Tú preguntas. Ellas responden. Tú preguntas. Ellas responden. Tú aportas algo sobre ti… y ellas encuentran rápidamente el camino para regresar a sí mismas.
— Estoy pensando en cambiar de trabajo.
— Pues yo cuando cambié de trabajo…
— Mi padre está pasando una época complicada.
— Uf, mi padre cuando estuvo enfermo…
— Últimamente estoy durmiendo fatal.
— Yo llevo años durmiendo fatal.
Y de repente una conversación se convierte en algo parecido a jugar al tenis contra una pared. La pelota siempre vuelve al mismo sitio.
La psicología social y la sociología incluso tiene una manera de describirlo
El sociólogo Charles Derber estudió durante años cómo competimos por la atención durante las conversaciones y distinguió entre dos movimientos conversacionales especialmente interesantes.
Los llamó shift-response y support-response.
Una shift-response desplaza el foco hacia uno mismo.
Una support-response mantiene temporalmente el foco sobre quien estaba hablando y le permite desarrollar lo que acaba de contar.
Por ejemplo:
— Estoy agotada. Esta semana ha sido tremenda.
Respuesta de desplazamiento:
— Pues no sabes la semana que he tenido yo.
Respuesta de apoyo:
— ¿Qué ha pasado?
La diferencia son cuatro palabras. Pero psicológicamente pueden cambiar por completo la conversación.
Derber utilizó precisamente este tipo de patrones para estudiar lo que denominó narcisismo conversacional: esa tendencia, muchas veces sutil, a competir por recuperar el centro de atención. No significa necesariamente que la persona tenga un trastorno narcisista ni permite diagnosticar absolutamente nada. Hablamos de un comportamiento conversacional, no de una patología.
Y esto es importante en la psicología social.
Porque convertir inmediatamente a cualquiera que habla demasiado de sí mismo en «un narcisista» sería hacer psicología de TikTok.
La conducta humana es bastante más complicada.
Y, ya que estamos, déjame confesarte que yo también lo he hecho muchas veces. En el pasado más. Ahora quizá menos. O porque mi forma de empatizar con el otro es decirle de forma clara que sé por lo que está pasando.
Debe ser por la madurez, la experiencia o el ver la psicología social como un baúl sin fondo que me permite analizar mejor al ser humano, junto con la antropología y la evolución humana.
De hecho, muchas veces hacemos esto intentando conectar
Este matiz me parece fascinante. Imagina lo siguiente:
— Mi madre está ingresada en el hospital.
Y alguien responde:
— La mía estuvo ingresada el año pasado.
Quizá no esté intentando robarte protagonismo. Quizá intenta decirte: entiendo algo de lo que estás viviendo. Está utilizando su propia experiencia para construir empatía.
El problema aparece después. Porque puede continuar:
— Fue horrible. Estuvo tres semanas ingresada. Tuvimos problemas con los médicos. Además, mi hermano…
Y diez minutos después seguimos hablando de su madre. La intención inicial podía ser conectar. El resultado ha sido desplazar.
Esta distinción me parece fundamental porque…
Somos demasiado rápidos atribuyendo intenciones a comportamientos.
No toda persona que no pregunta es egoísta. Puede haber falta de habilidad conversacional. Nerviosismo. Ansiedad social. Costumbre. Educación familiar. Necesidad de aprobación. Dificultades para leer determinadas señales sociales. O sencillamente alguien que aprendió que conversar consiste en aportar experiencias propias, no en explorar las ajenas.
Pero independientemente de la intención, existe otra cuestión: ¿qué efecto produce en quien está enfrente?
Y aquí la psicología social encuentra algo extraordinariamente sencillo
En 2017, Karen Huang, Michael Yeomans, Alison Wood Brooks, Julia Minson y Francesca Gino publicaron en Journal of Personality and Social Psychology una serie de estudios sobre algo aparentemente trivial: hacer preguntas.
Analizaron conversaciones reales entre personas que acababan de conocerse y también interacciones presenciales de speed dating. El resultado fue bastante consistente.
Las personas que hacían más preguntas tendían a gustar más a sus interlocutores. Pero había un detalle todavía más interesante. No todas las preguntas tenían el mismo valor.
Las que destacaban especialmente eran las preguntas de seguimiento. Es decir, las preguntas que nacen de lo que la otra persona acaba de decir.
Porque cualquiera puede preguntar:
— ¿A qué te dedicas?
Eso puede estar preparado.
Pero si respondes:
— Dejé mi trabajo hace seis meses porque estaba completamente agotada.
Y yo pregunto:
— ¿Qué ocurrió para que decidieras finalmente dejarlo?
Esa segunda pregunta demuestra algo diferente. Para formularla tuve que escucharte.
Y esto tiene una implicación enorme
Una buena pregunta no solamente solicita información. Comunica atención. Y si nos ponemos profundos, también intención.
Los investigadores encontraron precisamente que quienes preguntaban más eran percibidos como más receptivos: transmitían mayor escucha, comprensión, validación y cuidado.
Y esa percepción de responsiveness ayudaba a explicar por qué gustaban más.
En el estudio de speed dating, además, quienes hacían más preguntas de seguimiento tenían mayor probabilidad de que la otra persona quisiera una segunda cita. No porque preguntar sea una técnica secreta de seducción.
Sería bastante deprimente convertir esto en: «Haz tres preguntas y conseguirás pareja».
La conclusión interesante es otra:
La curiosidad se percibe. Y la ausencia reiterada de curiosidad también.
Aunque la ciencia obliga a introducir un matiz
Posteriores reanálisis de los datos de speed dating han cuestionado que preguntar mucho pueda entenderse simplemente como una característica estable de determinadas personas.
Parte del comportamiento depende de la díada concreta: no preguntamos igual a todo el mundo ni todas las personas despiertan en nosotros la misma conducta conversacional.
Incluso me atrevo a decir, después de tantos años estudiando las neurociencias, las emociones y la psicología del comportamiento humano, que también depende de la condicionalidad emocional, del estado emocional en el que se encuentra tanto el narrador como el interlocutor.
Y esto mejora la reflexión. Porque…
Las conversaciones no son experimentos realizados por individuos aislados. Son sistemas.
Quizá alguien habla muchísimo contigo y escucha extraordinariamente bien a otra persona. Quizá tú haces preguntas constantemente con determinados amigos y con otros apenas ninguna.
La pregunta interesante deja entonces de ser ¿Esta persona sabe conversar? y pasa a ser ¿Qué estamos construyendo los dos cuando conversamos?
Porque preguntar tampoco equivale automáticamente a interesarse
Existe el extremo contrario. La persona que pregunta tanto que parece que estás renovando el pasaporte.
— ¿Dónde vives?
— ¿Tienes hijos?
— ¿A qué te dedicas?
— ¿Cuánto tiempo llevas?
— ¿Dónde trabajabas antes?
— ¿Y antes?
Eso tampoco necesariamente genera conexión. Puede generar interrogatorio. La diferencia está en algo pequeño. Una conversación interesante no acumula preguntas. Desarrolla respuestas.
No consiste en tener preparada la siguiente pregunta. Consiste en encontrar algo dentro de la respuesta anterior que despierte curiosidad. Y eso exige una habilidad cada vez más escasa: escuchar sin estar preparando simultáneamente nuestra intervención.
Quizá por eso nos molestan tanto las personas que nunca devuelven las preguntas
La psicología social analiza el hecho porque no echamos de menos exactamente la pregunta. Echamos de menos lo que representa.
Cuando alguien jamás pregunta:
— ¿Y tú?
lo que nuestro cerebro social puede interpretar no es simplemente:
«No me ha hecho una pregunta».
Puede interpretar:
«No necesita saber nada más de mí».
Y ahí aparece una de las necesidades humanas más básicas: sentir que existimos también en la mente del otro.
No necesitamos protagonizar todas las conversaciones. Pero sí necesitamos percibir, de vez en cuando, que alguien tiene curiosidad por nuestro mundo.
Hay algo todavía más curioso analizándolo desde la psicología social
Lo sé, para muchos esto es insignificante, pero cuanto más ahondo en este comportamiento, cuanto más rasco ese maravilloso cerebro humano, más me emociona seguir estudiándolo y compartir mis experiencias, mis pensamientos, análisis, mi criterio propio y mi pensamiento crítico. Sin verdades absolutas, sin duda.
Muchas personas que monopolizan conversaciones probablemente salen de ellas convencidas de que han conectado muchísimo.
Y tiene cierta lógica.
Han hablado. Han contado cosas personales. Se han reído. Se han sentido cómodas. Quizá incluso piensan:
— Qué conversación tan buena hemos tenido.
Mientras la otra persona sale pensando:
— No sabe absolutamente nada de mí.
Los dos estuvieron en la misma mesa. Pero psicológicamente participaron en dos conversaciones diferentes. Uno experimentó expresión. El otro experimentó escucha.
Y confundimos con demasiada facilidad haber podido expresarnos con haber conectado. No son lo mismo.
Hagamos un pequeño experimento
La próxima vez que hables con alguien, observa qué ocurre cuando termina de contarte algo.
No pienses inmediatamente: ¿Qué experiencia mía se parece a esta?
Prueba a pensar: ¿Qué me gustaría comprender mejor de lo que acaba de decir?
Una sola pregunta. No cinco.
— ¿Y cómo te hizo sentir aquello?
— ¿Por qué decidiste hacerlo?
— ¿Y qué ocurrió después?
— ¿Te arrepentiste?
— ¿Qué fue lo que más te sorprendió?
Y observa lo que sucede. Muchas veces la conversación cambia. La persona se detiene. Piensa. Profundiza. Porque le acabas de comunicar algo sin decirlo explícitamente: todavía no necesito volver a hablar de mí. Puedes continuar.
Y quizá este pequeño comportamiento diga bastante de nuestra época
Vivimos rodeados de lugares donde se nos invita constantemente a expresarnos.
Publica. Comenta. Opina. Cuenta. Reacciona. Explica quién eres. Construye tu marca. Haz visible tu pensamiento. Prrrrffff… agota hasta a los que nos dedicamos a la psicología social.
El ecosistema entero premia la emisión. Mucho menos la curiosidad. Quizá por eso resulta tan extraordinario encontrarse con alguien que pregunta bien. No porque sea especialmente brillante, sino porque durante unos minutos renuncia a competir por el centro de la conversación.
Y te deja espacio.
Porque una conversación también cuenta una historia
Solo que tiene una particularidad. Hay dos narradores. Y ambos deberían importar.
Quizá por eso uno de los gestos más pequeños de nuestra vida cotidiana contiene tanta información sobre nosotros.
Tres palabras: ¿Y tú qué?
Parece una pregunta insignificante. Pero puede significar:
- Te he escuchado.
- Ahora quiero conocerte.
- Tu experiencia también importa.
- Hay sitio para los dos.
Y quizá por eso notamos inmediatamente cuando nunca llega. Porque algunas personas no monopolizan las conversaciones hablando demasiado. Lo hacen de una manera mucho más silenciosa: no preguntando nunca quién eres tú.
Nota:
Estos contenidos son parte de mis experiencias y conclusiones personales que me han enseñado a mejorar profesional y personalmente. No creo en las verdades absolutas (a menos que haya pruebas fehacientes), pero sí son mi verdad basada en hechos reales.
Los contenidos que comparto sobre psicología social, neurociencias del comportamiento humano, inteligencia emocional, arquitectura del relato y estructuras narrativas son parte de mi constante estudio documentado para aportar rigor en el apoyo de los hechos desde hace casi veinte años.
Así mismo, mis reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en política, y mucho menos en debates conflictivos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmar mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento como parte de microfenómenos de la sociedad.
Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.
Elia Guardiola – hola@eliaguardiola.com – www.eliaguardiola.com