Nací en 1976. Viví los años 80 con una intensidad que ignoré hasta décadas después.
Esta fotografía no existe. O, mejor dicho, nunca existió.
La hizo Chat GPT imaginando cómo me vería en los años 80. El trend que vive en Instagram estos días.
Con esas hombreras descomunales en plan Loco Mía, esa cintura imposible llegando a las axilas y la estética de mujer ejecutiva que parece dispuesta a comprar Wall Street antes de las cinco de la tarde.
Pero la imagen me ha hecho pensar en algo bastante menos frívolo. El 1 de octubre cumpliré 50 años.
Medio siglo parece mucho cuando lo dices así. Y, sin embargo, lo vertiginoso no es cumplirlos. Es haber vivido una de las transformaciones sociales, profesionales y tecnológicas más brutales de la historia reciente.
Nuestro mundo en los años 80
Nací en un mundo sin Internet. Sin Google, sin redes sociales, sin teléfonos móviles, sin Amazon, sin WhatsApp, sin LinkedIn, ni IA generativa.
La información llegaba a través de periódicos, libros, televisión y radio. Para hablar con alguien llamabas a una casa, no a una persona. Y si esa persona no estaba, sencillamente no estaba.
Parece arqueología. 😅
En 1989 cayó el Muro de Berlín. Ese mismo año Tim Berners-Lee propuso lo que acabaría convirtiéndose en la World Wide Web.
Durante los noventa Internet empezó a entrar en nuestras casas haciendo aquel ruido infernal del módem que hoy probablemente provocaría una crisis nerviosa a cualquier adolescente.
Después llegaron Google, los móviles, Facebook, YouTube, Twitter, el iPhone, Instagram, LinkedIn…
La evolución de los negocios
Y de repente dejamos de ser únicamente consumidores de información para convertirnos también en productores, distribuidores y personajes de nuestra propia #narrativa pública.
Eso cambió los negocios. Pero también cambió a las personas.
Antes una empresa controlaba buena parte de su relato. Hoy puede perderlo en veinte minutos… incluso en veinte segundos.
Un trabajador, un cliente, un vídeo grabado con un teléfono o una conversación mal gestionada pueden alterar la reputación de una organización que ha tardado décadas en construirse.
Antes el liderazgo se ejercía dentro de un organigrama. Hoy también se ejerce delante de una cámara, en una publicación, en una videollamada, en un podcast o respondiendo a una crisis en Internet.
Y ahí ocurrió algo fascinante. La comunicación dejó de ser un complemento del liderazgo para convertirse en parte del propio liderazgo.
También cambió el trabajo
Durante años nos enseñaron que una carrera profesional consistía en estudiar, entrar en una empresa, ascender y permanecer.
Ahora hablamos de marca personal, empleabilidad, reinvención profesional, portfolio careers, trabajo remoto, economía de creadores, emprendimiento digital y profesiones que hace quince años ni siquiera tenían nombre.
La pandemia de 2020 terminó de dinamitar muchas de las certezas que quedaban.
Millones de personas descubrieron que podían trabajar desde una mesa de cocina. Y muchas empresas descubrieron, algunas con cierta resistencia, que presencia y productividad no eran sinónimos.
El papel de las mujeres en los años 80
También cambió profundamente el papel de las mujeres.
Yo nací en una sociedad en la que muchas posiciones de poder económico, político y empresarial seguían siendo abrumadoramente masculinas.
Durante estas décadas hemos visto avances extraordinarios en derechos, representación, autonomía económica y presencia profesional. Y también hemos visto cómo una conversación necesaria sobre igualdad se ha convertido algunas veces en una batalla identitaria llena de simplificaciones, etiquetas y trincheras.
El feminismo ha conseguido cosas extraordinarias.
Pero como cualquier movimiento social poderoso, también ha sufrido apropiaciones, caricaturas y usos ideológicos que a veces dificultan precisamente aquello que debería favorecer: una conversación seria sobre igualdad, oportunidades, corresponsabilidad y libertad.
Porque progresar no debería significar dejar de pensar.
Y entonces llegó la IA después de los años 80
Sí, llegó la Inteligencia Artificial. ¡Y qué llegada!
Por primera vez millones de personas tienen delante una tecnología capaz de escribir, analizar, programar, crear imágenes, traducir, investigar y conversar.
Y volvemos a cometer el mismo error que cometemos cada vez que aparece una tecnología nueva. Preguntarnos qué trabajos desaparecerán. Cuando quizá la pregunta más interesante sea ¿qué capacidades humanas serán más valiosas cuando las máquinas sigan evolucionando?
Mi respuesta es clara.
Criterio.
Curiosidad.
Pensamiento crítico.
Creatividad.
Empatía.
Capacidad de escuchar.
Capacidad de comunicar.
Y algo que llevo muchos años estudiando. La capacidad de construir significado a través de las historias, los relatos y la narrativa.
Cambio de herramientas y canales, pero no la humanidad
Porque en estos casi cincuenta años hemos cambiado las herramientas, los canales, los trabajos, las empresas, las formas de relacionarnos y hasta la manera en que construimos nuestra identidad pública.
Pero hay algo que apenas ha cambiado.
Seguimos queriendo pertenecer. Necesitando reconocimiento. Seguimos buscando personas en las que confiar. Y por supuesto, comparándonos con otros. Seguimos teniendo miedo al rechazo. También queremos sentir que nuestra vida tiene sentido.
Seguimos enamorándonos, compitiendo, colaborando, traicionando, creando, admirando, desconfiando y soñando.
Homero reconocería muchas de nuestras emociones. Probablemente no entendería TikTok.
Y quizá ahí esté la paradoja más interesante de este medio siglo.
La tecnología cambia a una velocidad extraordinaria. La naturaleza humana, muchísimo menos.
Por eso me interesa tanto estudiar las historias. Porque cambian los formatos. Cambian las plataformas. Cambian los algoritmos.
Pero seguimos siendo animales narrativos intentando entender qué demonios está pasando.
Y quizá dentro de otros cincuenta años alguien mire una fotografía nuestra generada por una IA primitiva de 2026 y piense: Qué antiguos eran.
Seguramente tendrá razón. Aunque sospecho que seguirá intentando exactamente lo mismo que nosotros: entender a los demás. Y entenderse a sí mismo.
Estas reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en política, y mucho menos en debates conflictivos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmas mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento.
Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.