Hay una frase de tres palabras que parece peligrosísima en determinados lugares: No lo sé. Y en la Psicología Social es un fenómeno humano digno de estudio.

En una reunión. En una clase. En una entrevista. Delante de un cliente. En una conversación con amigos.

Incluso durante una comida familiar en la que alguien acaba de preguntar por qué está subiendo el precio del petróleo y, misteriosamente, aparecen cuatro expertos en geopolítica alrededor de la tortilla de patatas.

Alguien pregunta:

— ¿Sabes por qué ha ocurrido esto?

Y empieza el espectáculo.

— Bueno, realmente habría que analizarlo desde muchos factores…

— Por lo que tengo entendido…

— Creo que tiene que ver con…

— Leí algo hace tiempo…

— No estoy seguro, pero diría que…

Cinco minutos después seguimos hablando. Hemos utilizado 427 palabras. Y la respuesta correcta probablemente era: No lo sé.

Pero qué difícil resulta decirlo.

Porque «no lo sé» parece decir mucho más que «no tengo esa información»

Ahí está lo interesante dentro de la Psicología Social.

Objetivamente, reconocer que desconocemos algo debería ser una simple descripción de nuestro estado de conocimiento.

Sé esto. Esto otro no. Fin.

Pero socialmente no siempre lo experimentamos así.

«No lo sé» puede sentirse como:

  • No soy suficientemente competente.
  • No estoy preparado.
  • Van a pensar que debería saberlo.
  • Voy a perder autoridad.
  • Quizá descubran que sé menos de lo que creen.

Y entonces hacemos algo extraordinariamente humano: intentamos proteger nuestra imagen antes que proteger la precisión de nuestra respuesta.

Rellenamos. Improvisamos. Generalizamos. Damos una respuesta suficientemente ambigua como para que parezca que sabemos algo.

Y algunas veces acertamos. Otras construimos una catedral argumentativa sobre un solar vacío.

Hemos confundido conocimiento con omnisciencia

Esto se vuelve especialmente interesante en determinados entornos profesionales. Cuanto mayor parece ser nuestra responsabilidad, más difícil puede resultar admitir desconocimiento.

Esperamos que el experto sepa. Que el profesor sepa. Que el jefe sepa. Que el médico sepa. Que el consultor sepa. Que quien está encima de un escenario sepa.

Pero aquí hay una confusión importante. Un experto no es alguien que sabe absolutamente todo sobre su campo. Eso no existe.

Un experto debería ser alguien que, entre otras cosas, distingue con bastante precisión qué sabe, qué cree saber, qué necesita comprobar y qué desconoce.

Y esa capacidad tiene nombre.

Se llama metacognición dentro de la Psicología Social

La metacognición en la Psicología Social es, simplificando mucho, nuestra capacidad para evaluar nuestros propios procesos cognitivos. No solamente saber. Sino saber qué sabemos y qué no sabemos.

Parece sencillo. No lo es.

Porque nuestro cerebro no incorpora un pequeño piloto rojo que se encienda cada vez que una creencia es incorrecta.

Podemos sentirnos completamente seguros y estar equivocados. Podemos recordar algo que nunca ocurrió exactamente así. Podemos creer que entendemos un concepto hasta que intentamos explicarlo. Podemos confundir familiaridad con conocimiento. Podemos tener una opinión brutalmente firme construida sobre información extraordinariamente pobre.

Y aquí aparece uno de los estudios más famosos, y probablemente más malinterpretados, de la psicología contemporánea.

El famoso efecto Dunning-Kruger no significa que «los tontos creen que son muy listos». Psicología Social

En 1999, Justin Kruger y David Dunning realizaron cuatro estudios dentro de la Psicología Social sobre humor, gramática y razonamiento lógico. Encontraron algo llamativo.

Los participantes situados en el cuartil inferior de rendimiento mostraban una importante sobreestimación de sus resultados. En los experimentos originales, quienes rendían aproximadamente en el percentil 12 estimaban encontrarse alrededor del percentil 62.

Pero la parte verdaderamente interesante no es utilizar el estudio para llamar incompetente al vecino. ¿Te imaginas?

No. Es otra.

Los autores propusieron que algunas de las habilidades necesarias para desempeñarse correctamente en una tarea también son necesarias para reconocer cuándo uno está desempeñándose mal. Y observaron que, cuando mejoraban las habilidades de los participantes, también mejoraba su capacidad para reconocer sus propias limitaciones.

Es decir, a veces no sabemos que no sabemos.

Y esa frase me parece mucho más inquietante que cualquier meme sobre Dunning-Kruger.

Porque existen al menos tres niveles diferentes dentro de la Psicología Social

  1. Está: Lo sé.
  2. Está: No lo sé.
  3. Y está probablemente el más peligroso: No sé que no lo sé.

En el segundo existe una laguna de conocimiento. En el tercero existe además una laguna de conciencia sobre esa laguna. Y entonces aparece la seguridad.

— Esto funciona así.

— Está clarísimo.

— Eso se sabe.

— Siempre ha sido de esta manera.

Cuanto más rotunda es la frase, curiosamente, menos solemos preguntar qué evidencia hay detrás.

La seguridad tiene un enorme poder social

Nos gustan las personas que parecen tener respuestas, porque la duda comunica peor.

«Esto ocurrirá» suena mejor que «con los datos disponibles considero que este escenario es más probable, aunque existen variables que podrían modificarlo.»

El segundo es epistemológicamente mucho más responsable. El primero queda estupendo en un titular.

Vivimos dentro de una economía de la atención que recompensa las afirmaciones categóricas.

Las redes sociales tampoco parecen diseñadas precisamente para celebrar: «He revisado la evidencia y todavía no tengo una conclusión».

Queremos respuestas. Rápidas. Claras. Contundentes. Preferiblemente en un vídeo de cuarenta segundos.

El problema es que…

la realidad tiene la desagradable costumbre de no caber siempre en cuarenta segundos.

Por eso me interesa tanto la humildad intelectual

No tiene demasiado que ver con hacerse pequeño. Ni con decir: «Yo no sé nada.»

Eso tampoco sería especialmente inteligente.

La investigación psicológica contemporánea converge en una definición bastante más interesante: la humildad intelectual implica reconocer que nuestro conocimiento tiene límites y que nuestras creencias pueden ser erróneas.

No significa pensar menos de nuestra inteligencia. Significa evaluar mejor sus fronteras.

Puedo saber muchísimo sobre algo y decir:

— Esta parte no la conozco.

Puedo tener una posición firme y añadir:

— Con la evidencia que tengo actualmente.

Puedo ser experto y decir:

— Necesito comprobarlo antes de responderte.

De hecho, esas frases podrían ser indicadores de rigor y no de incompetencia.

Hay datos especialmente interesantes sobre esto dentro de la Psicología Social

En un estudio de 2016 con 157 adultos, los investigadores analizaron la relación entre humildad intelectual y tareas de memoria y reconocimiento.

Las personas con mayor humildad intelectual mostraron una mejor capacidad para discriminar entre información que habían visto y que no habían visto.

Y quienes puntuaban más bajo en humildad intelectual mostraban mayor confianza en sus respuestas erróneas.

Esto introduce un matiz fascinante. El problema no siempre consiste en equivocarnos. Todos nos equivocamos. El problema aparece cuando nuestra sensación subjetiva de certeza deja de estar bien calibrada con la calidad de lo que sabemos.

Porque entonces no buscamos información. No contrastamos. No preguntamos. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Ya estamos convencidos de tener la respuesta.

Saber decir «no lo sé» puede ser entonces una competencia cognitiva

No una carencia. Una competencia. Porque para decir «no lo sé» necesito haber realizado antes una operación mental bastante sofisticada:

  • He examinado lo que sé
  • He encontrado el límite
  • He decidido no rellenar el espacio restante con una invención.

Eso es metacognición. Y quizá deberíamos empezar a valorar profesionalmente esa capacidad.

Imagino una reunión en la que alguien pregunta al responsable:

— ¿Por qué han caído las ventas este trimestre?

Y este responde:

— Todavía no lo sabemos. Tenemos tres hipótesis, pero los datos actuales no permiten distinguir cuál explica mejor la caída. Necesitamos analizar esto.

¿Ha perdido autoridad? Yo diría que ha proporcionado una información mucho más útil que alguien diciendo:

— Claramente se debe al cambio de comportamiento del consumidor.

¿Claramente? ¿Con qué datos?

Porque «no lo sé» no debería terminar una conversación

Ese es otro problema. Hemos convertido el «no lo sé» en un punto final. Y podría ser exactamente lo contrario.

— No lo sé. Voy a averiguarlo.

— No lo sé. ¿Tú qué piensas?

— No lo sé. Necesito más información.

— No lo sé. Esta es mi hipótesis, pero no puedo afirmarlo todavía.

— No lo sé. Hasta aquí llegan los datos que tengo.

De repente, las tres palabras que parecían demostrar ignorancia se convierten en el comienzo de una investigación. Y eso cambia completamente su significado.

De hecho, reconocer nuestra falibilidad puede modificar lo que hacemos después

Una revisión publicada en Nature Reviews Psychology recoge investigaciones de ámbitos tan distintos como liderazgo, educación, toma de decisiones y relaciones interpersonales, y señala precisamente ese núcleo común: reconocer las limitaciones de nuestras creencias y conocimiento.

También advierte de algo importante: la humildad intelectual no elimina nuestros sesgos ni funciona como una especie de vacuna cognitiva universal.

Pero puede favorecer algo esencial, que es que dejemos abierta la puerta a estar equivocados. Y cuando esa puerta permanece abierta podemos hacer algo que la certeza absoluta dificulta muchísimo.

Buscar. Preguntar. Contrastar. Actualizar. Cambiar de opinión. Aprender.

Aunque aquí también existe una trampa, y la Psicología Social lo analiza

Porque ahora podríamos cometer el error contrario y convertir el «no lo sé» en una virtud moral. Tampoco nos pasemos. Hay cosas que deberíamos saber.

Si un profesional desconoce sistemáticamente aquello que constituye el núcleo de su trabajo, reconocerlo será más honesto que inventar una respuesta, pero no convierte mágicamente esa carencia en excelencia.

Y existe incluso investigación y debate reciente que advierte de que un exceso o una mala aplicación de la humildad intelectual puede llevarnos a reducir injustificadamente nuestra confianza incluso cuando tenemos buenas razones para creer algo.

La cuestión, por tanto, no es dudar de todo. Es algo bastante más difícil: calibrar la certeza.

Saber cuándo afirmar. Cuándo matizar. Cuándo comprobar. Y cuándo decir: No lo sé.

Quizá deberíamos cambiar también cómo reaccionamos cuando alguien lo dice

Porque el miedo a reconocer ignorancia no nace solamente dentro de quien responde. También se aprende en los contextos donde preguntar o dudar tiene coste social.

  • El niño que levanta la mano y dice que no entiende.
  • El alumno que teme parecer menos inteligente.
  • El trabajador que prefiere asentir antes que admitir que no conoce un acrónimo.
  • El directivo que cree que su cargo le obliga a tener una respuesta inmediata.
  • El conferenciante al que hacen una pregunta fuera de su ámbito.

Todos están tomando una pequeña decisión.

  • ¿Qué es más peligroso aquí?
  • ¿No saber?
  • ¿O que los demás sepan que no sé?

Y la cultura del lugar determinará bastante la respuesta.

La literatura sobre humildad intelectual señala precisamente que no basta con exigirla individualmente: también hacen falta culturas educativas, científicas y empresariales que dejen de tratar el reconocimiento de los límites del conocimiento como una debilidad.

Y entonces aparece una paradoja preciosa

Cuanto más aprendemos sobre un campo, más fronteras descubrimos. Desde fuera parece pequeño. Desde dentro aparecen excepciones. Matices. Debates. Problemas todavía abiertos. Preguntas sin respuesta.

Quizá por eso alguien que sabe mucho puede decir:

— Depende.

Mientras alguien que acaba de descubrir el asunto hace quince minutos escribe:

— Os explico cómo funciona REALMENTE.

Internet también nos ha regalado momentos maravillosos.

Tal vez «no lo sé» sea una de las frases más honestas de nuestro lenguaje

Porque establece una frontera. Hasta aquí llega mi conocimiento. A partir de aquí empieza mi incertidumbre. Y reconocer esa frontera no debería disminuir necesariamente nuestra credibilidad. En determinados contextos debería aumentarla.

Porque ahora sé algo sobre ti que antes no sabía: no necesitas fingir conocimiento para proteger tu identidad.

Y eso es extraordinariamente valioso en profesores, líderes, científicos, comunicadores, consultores, padres, amigos y prácticamente cualquier ser humano.

Podríamos hacer un pequeño experimento

Durante unos días, observar cuántas veces alguien nos pregunta algo que desconocemos. Y antes de improvisar, detenernos dos segundos.

  • ¿Lo sé?
  • ¿Lo recuerdo vagamente?
  • ¿Lo estoy suponiendo?
  • ¿Tengo evidencia?
  • ¿O simplemente me da vergüenza no tener una respuesta?

Porque esas cosas no son equivalentes. Y quizá podríamos recuperar una expresión que debería acompañar mucho más a nuestro pensamiento: «No lo sé todavía».

Ese «todavía» cambia todo. No convierte la ignorancia en identidad. La convierte en territorio pendiente, en un escenario pendiente.

Y eso es lo que me fascina del comportamiento humano y la Psicología Social

No nos basta con saber cosas. También necesitamos que los demás crean que sabemos cosas. Gestionamos constantemente nuestra reputación intelectual. Queremos parecer competentes. Informados. Preparados. Seguros.

Y, a veces, para proteger esa imagen hacemos algo bastante paradójico: preferimos arriesgarnos a decir una estupidez antes que reconocer que desconocemos la respuesta.

Quizá la inteligencia no consista únicamente en acumular conocimiento. Quizá una parte mucho menos vistosa de ella esté en conocer sus límites. En diferenciar una certeza de una hipótesis. Un recuerdo de un dato. Una intuición de una evidencia. Y una opinión de conocimiento.

Porque hay tres palabras que aparentemente reducen nuestra autoridad: No lo sé.

Pero dichas en el momento adecuado pueden comunicar exactamente lo contrario. Que sabemos dónde termina lo que sabemos.

Y eso, en un mundo lleno de personas extraordinariamente seguras de cosas que quizá nunca comprobaron, empieza a parecer una forma bastante sofisticada de inteligencia.


Nota:

Estos contenidos son parte de mis experiencias y conclusiones personales que me han enseñado a mejorar profesional y personalmente. No creo en las verdades absolutas (a menos que haya pruebas fehacientes), pero sí son mi verdad basada en hechos reales.

Los contenidos que comparto sobre psicología social, neurociencias del comportamiento humano, inteligencia emocional, arquitectura del relato y estructuras narrativas son parte de mi constante estudio documentado para aportar rigor en el apoyo de los hechos desde hace casi veinte años.

Así mismo, mis reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en debates conflictivos, pero sí creyendo en el diálogo humano para enriquecernos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmar mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento como parte de microfenómenos de la sociedad.

Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.

Elia Guardiola – hola@eliaguardiola.com – www.eliaguardiola.com