Hace unos años, para tener una opinión sobre un tema concreto o cualquier asunto necesitábamos al menos haber oído hablar de él. Qué menos, ¿no crees? Espera, que empieza el show de los opinólogos.
Ahora, en la era de la IA, del acceso rápido y fácil a toda la información, parece opcional.
Alguien publica una noticia sobre inflación, inteligencia artificial, crianza, vacunas, educación, cambio climático, geopolítica, nutrición, inmigración, salud mental o el conflicto internacional del momento y, en cuestión de minutos, aparecen cientos de personas capaces de explicar qué ha ocurrido, por qué ha ocurrido, quién tiene la culpa, qué debería haberse hecho y cuáles serán las consecuencias dentro de diez años.
Con el acceso rápido y fácil a la información el ser humano se vuelve «opinólogo» de todo en serie. – Elia Guardiola
Pero no olvidemos que algunas personas llevan veinte años estudiando el tema. Otras cuarenta años. Y otras han leído el titular y en unos pocos minutos ya son expertos.
Y, visualmente, ambas opiniones ocupan exactamente el mismo espacio. Esto último me parece fascinante.
Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento especializado y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil participar públicamente en una conversación sin poseerlo.
No creo que el problema sea que opinemos. Opinar forma parte de nuestra naturaleza social. Interpretamos lo que ocurre, hacemos juicios, contrastamos nuestras ideas con las de otros y utilizamos esas conversaciones para construir nuestra propia visión del mundo.
El problema interesante es otro: ¿en qué momento empezamos a sentir que tener acceso a una cuestión nos daba también la obligación de tener una posición sobre ella?
Hay algo que socialmente parece peor que equivocarse: no tener opinión
Imagina una comida con amigos. Alguien introduce un tema complejo.
— ¿Tú qué piensas?
Y contestas:
— No lo sé lo suficiente como para tener una opinión.
Probablemente provoque más extrañeza que cualquier respuesta porque estamos acostumbrados a los opinólogos.
Porque hemos normalizado que una persona adulta tenga una posición sobre prácticamente todo. Parece que debemos saber qué pensamos sobre energía nuclear, vientres de alquiler, política monetaria, inteligencia artificial generativa, educación infantil, la última guerra, impuestos, agricultura intensiva y la reforma legislativa que conocimos hace trece minutos.
El «no lo sé» que compartí hace unos días en otro de estos microfenómenos tiene aquí un hermano todavía más interesante:
«No tengo una opinión formada.»
No significa indiferencia. Tampoco incapacidad. Puede significar algo mucho más exigente intelectualmente. Significa que todavía no tengo suficiente información para decidir qué pienso.
Pero vivimos en un ecosistema que raramente recompensa esa honestidad o incluso ese momento de pausa para buscar esa información. Compensa a los opinólogos… lamentablemente.
Porque una opinión no es conocimiento. La era de los opinólogos.
Parece obvio hasta que observamos cómo conversamos.
Podemos distinguir, al menos, entre un hecho comprobable, una interpretación de esos hechos, una hipótesis, una preferencia, una experiencia personal y una opinión. Sin embargo, en la conversación cotidiana mezclamos constantemente esas categorías.
- «A mí me funcionó» se convierte en «esto funciona.»
- «Yo conozco a alguien que…» se transforma en evidencia.
- «He leído que…» adquiere apariencia de fuente.
- «Creo que…» termina convertido en «es así.»
Y nuestra experiencia subjetiva tampoco nos ayuda demasiado, porque sentir que entendemos algo y entenderlo realmente no son equivalentes.
Aquí aparece uno de los fenómenos cognitivos más interesantes para explicar parte de esta epidemia.
Creemos comprender muchas cosas mucho mejor de lo que realmente las comprendemos
Leonid Rozenblit y Frank Keil publicaron en 2002 una serie de experimentos sobre lo que denominaron illusion of explanatory depth, la ilusión de profundidad explicativa.
Pidieron a las personas que evaluaran cuánto comprendían el funcionamiento de objetos y fenómenos cotidianos. Después les solicitaron que explicaran detalladamente cómo funcionaban.
Y ocurrió algo revelador. Al intentar construir la explicación, muchas personas descubrían que su conocimiento era bastante menos profundo de lo que habían estimado inicialmente. La ilusión era especialmente fuerte en conocimientos que requieren comprender mecanismos causales.
Haz la prueba.
¿Sabes cómo funciona exactamente una cisterna? Probablemente sí. Hasta que tengas que dibujarla.
¿Una cremallera? ¿Un frigorífico? ¿Un sistema electoral? ¿La inflación? ¿Un modelo de lenguaje?
Me encantaría hacer esta prueba y observar a los opinólogos, jeje.
Hay una enorme diferencia entre reconocer una explicación cuando la vemos y ser capaces de construirla nosotros mismos.
La familiaridad produce una sensación peligrosamente parecida al conocimiento.
Hemos visto algo muchas veces, hemos escuchado hablar de ello, conocemos parte del vocabulario y nuestro cerebro completa el resto.
Y confundimos «esto me resulta familiar» con «esto lo comprendo».
El fenómeno de los opinólogos se vuelve todavía más interesante cuando entra la ideología
En 2013, Philip Fernbach, Todd Rogers, Craig Fox y Steven Sloman trasladaron esta idea al terreno político.
En una serie de experimentos pidieron a los participantes que valoraran su posición sobre determinadas políticas públicas y cuánto creían comprenderlas. Después, algunos tuvieron que explicar detalladamente cómo funcionarían esas políticas y qué consecuencias producirían paso a paso.
Al intentar explicar los mecanismos, disminuyó su percepción de cuánto entendían realmente las políticas y sus posiciones tendieron a hacerse menos extremas. Además, en otro experimento disminuyó también la cantidad de dinero que estaban dispuestos a donar a organizaciones relacionadas con esas posiciones. Un detalle fundamental: pedir simplemente que enumeraran las razones por las que defendían su postura no produjo el mismo efecto.
Esto es extraordinariamente importante. Porque buscar razones para defender lo que ya pensamos y explicar cómo funciona realmente aquello sobre lo que opinamos son dos operaciones cognitivas diferentes.
La primera puede reforzar nuestra posición. La segunda puede revelar nuestros agujeros.
Quizá antes de algunas discusiones deberíamos sustituir:
— ¿Por qué estás a favor?
por:
— Explícame exactamente cómo funcionaría.
Probablemente internet perdería un 40 % de su actividad antes del desayuno. 😉
Sería demasiado fácil explicarlo todo mediante sesgos cognitivos hablando de opinólogos
No creo que la epidemia de opiniones u «opinólogos» sea simplemente consecuencia de que las personas sobreestimemos nuestro conocimiento. Y tampoco recurriría alegremente al efecto Dunning-Kruger para explicar a cualquiera que opina de algo que desconocemos.
Eso sería cometer precisamente el pecado que estamos criticando, es decir, utilizar un concepto psicológico complejo como etiqueta rápida para interpretar el comportamiento ajeno.
Hay otra dimensión mucho más social en esta era de los opinólogos. Opinar también es una manera de posicionarnos ante los demás.
Cuando digo qué pienso sobre un acontecimiento no solamente estoy describiendo mi interpretación del acontecimiento. Estoy comunicando quién soy, qué valores tengo, a qué grupo me aproximo, de qué grupo me distancio y qué clase de persona quiero que los demás crean que soy.
Las opiniones también tienen una función identitaria. Y eso cambia completamente la conversación sobre los opinólogos.
A veces no discutimos sobre el tema. Discutimos sobre quiénes somos.
Hay cuestiones en las que cambiar de opinión cuesta relativamente poco. Puedo descubrir que estaba equivocado sobre qué restaurante es mejor. No ocurre nada.
Pero cuando una creencia se entrelaza con mi identidad política, profesional, moral o grupal, rectificar puede adquirir otro significado. Ya no estoy cambiando simplemente una proposición. Puedo sentir que estoy traicionando a «los míos», concediendo una victoria a «los otros» o poniendo en cuestión la imagen que tengo de mí mismo.
Por eso algunas conversaciones resultan imposibles de comprender si analizamos únicamente los argumentos.
Debajo puede estar ocurriendo otra negociación: ¿Quién soy yo si acepto que tú tienes razón?
Y ahí los datos dejan de competir únicamente contra otros datos. Compiten contra identidad, pertenencia y reputación. Bienvenida la era de los opinólogos… otra vez.
Las redes sociales añadieron un marcador público que antes no existía a esta escala y potenció los opinólogos
Durante siglos hemos buscado aprobación social. Eso no lo inventó Instagram. Lo novedoso es haber convertido buena parte de esa aprobación en una métrica visible.
Likes, compartidos, comentarios, visualizaciones, seguidores… De repente, determinados comportamientos sociales reciben una puntuación inmediata. Y sabemos que esas señales influyen en nuestra conducta.
Un estudio de William Brady, Killian McLoughlin, Tuan Doan y Molly Crockett analizó 12,7 millones de tuits de 7.331 usuarios, además de realizar dos experimentos conductuales preregistrados. Los investigadores estudiaron específicamente la expresión de indignación moral y encontraron que recibir más aprobación social (likes y compartidos) después de expresar indignación predecía una mayor probabilidad de volver a expresarla posteriormente. También encontraron que las personas adaptaban su expresión a las normas que observaban dentro de su propia red social.
El tamaño del efecto individual del refuerzo era pequeño. Duplicar el feedback recibido por una expresión de indignación se asociaba en sus modelos con un incremento aproximado del 2-3 % en la expresión posterior. Pero millones de usuarios, miles de interacciones y años de repetición convierten los efectos pequeños en fenómenos que merece la pena estudiar.
Esto no demuestra que las plataformas «nos obliguen a indignarnos», ni que cada opinión que publicamos sea una búsqueda de aprobación. Demuestra algo más interesante y menos grandilocuente, y es que aprendemos también de las reacciones que reciben nuestras opiniones.
Aquí la neurociencia aporta una pieza, no la explicación completa
En 2016, Lauren Sherman y sus colaboradores realizaron un experimento mediante resonancia magnética funcional con adolescentes de entre 13 y 18 años utilizando una simulación de Instagram.
Los participantes eran más propensos a indicar que les gustaban fotografías cuando estas aparecían acompañadas de muchos likes. Al observar imágenes populares también se encontraron diferencias de actividad en regiones relacionadas con recompensa, cognición social, imitación y atención; cuando los participantes contemplaban sus propias fotografías con muchos likes, aparecía mayor actividad en regiones del circuito de recompensa, incluido el núcleo accumbens.
Conviene no hacer con este estudio lo que internet suele hacer con la neurociencia. No significa que «los likes generan dopamina y por eso opinamos».
El estudio ni siquiera investigaba opiniones políticas y, además, trabajó con una muestra pequeña de adolescentes. Lo que sí aporta es evidencia de que las señales cuantificables de aprobación social pueden influir en el comportamiento y relacionarse con sistemas neurales implicados en recompensa y procesamiento social.
Y eso encaja con algo mucho más antiguo que las redes sociales. Somos animales extraordinariamente sensibles a lo que nuestro grupo aprueba.
Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Los opinólogos o la sociedad en la que vivimos? ¿La tecnología? ¿Qué? ¿Qué?
El problema quizá no sea que tengamos demasiadas opiniones, sino que tenemos demasiado pocos estados intermedios
Esta es la parte que más me interesa dentro de la psicología social y el concepto de opinólogos. Parece que solo existen dos posiciones: a favor o en contra.
Pero entre ambas debería existir un territorio enorme que la mayoría de veces obviamos:
- «No conozco suficientemente el tema.»
- «Tengo una intuición, pero no una posición.»
- «Mi opinión provisional es esta.»
- «Hay argumentos de ambas partes que todavía no sé cómo ponderar.»
- «Pensaba esto, pero he encontrado evidencia que me obliga a revisarlo.»
- «No sé qué pensar.»
- «No tengo por qué decidirlo hoy.»
Son estados epistemológicos perfectamente legítimos. Sin embargo, comunican fatal en una cultura que premia la contundencia.
Imagina un tertuliano respondiendo:
— Necesitaría leer los estudios antes de posicionarme.
Probablemente alguien llamaría a emergencias.
Situación real propia sobre los opinólogos y el tener opinión
Pero te pongo un caso real de no hace mucho. Estaba encima de un escenario en Quito. Tenía en frente mío a tres cientos empresarios. Había terminado mi conferencia. Les había gustado muchísimo (afortunadamente).
Y vino la ronda de preguntas.
Respondí tres preguntas sin titubear, sabiendo la respuesta y recomendando algunas acciones. Aunque una de ellas me incitaba a dar mi opinión sobre la Superinteligencia. Respondí lo que pensaba, pero sin profundidad, y siendo honesta, asumiendo que son solo predicciones, y que no soy una experta en la materia… deberíamos preguntar a Elon Musk.
Pero la cuarta y última pregunta no la entendí inicialmente. Y después de unos segundos de silencio, mi cerebro reaccionó. Respondí que no sabía qué responderle. Hasta que le pedí que me formulara de nuevo la pregunta. Y allí la entendí, y entonces opiné sobre mi experiencia y argumenté.
Ser profesionales no exime el hecho de no tener todas las respuestas. Y da igual si estás ante miles de personas o una sola. De hecho, creo que la honestidad nos hace más profesionales.
Decir «no lo sé, pero me comprometo a buscar una respuesta o una solución», desde mi punto de vista, nos hace más loables, más sinceros y mucho más profesionales.
Además, nos reta a seguir aprendiendo y profundizando en nuestro conocimiento.
Hemos convertido la velocidad de opinión en una especie de competencia intelectual y hemos creado muchísimos opinólogos
Sucede algo. Y parece que debemos reaccionar como opinólogos. Ahora. No después de leer. No cuando tengamos contexto. Ahora. Punto.
- Un vídeo de treinta segundos.
- Una captura.
- Un titular.
- Una declaración sacada de una entrevista de una hora.
Y ya tenemos material suficiente para construir un juicio moral completo sobre una persona, una empresa, una decisión política o un acontecimiento internacional.
Esto genera un problema que no es únicamente de información. Es de temporalidad cognitiva. Comprender necesita tiempo. Opinar puede necesitar segundos. Y la infraestructura digital ha reducido prácticamente a cero la distancia entre recibir un estímulo y poder emitir públicamente una respuesta.
Nunca había sido tan fácil pensar en público antes de haber terminado de pensar. – Elia Guardiola
Una vez que opinamos públicamente aparece otro problema
La opinión deja de vivir únicamente dentro de nuestra cabeza. Ahora tiene testigos. La hemos escrito. La han compartido. Alguien nos ha felicitado por ella. Quizá hemos discutido durante tres horas defendiéndola. Cambiarla ya tiene un pequeño coste reputacional (o grande según se mire).
Por eso me interesa mucho la humildad intelectual, que no consiste en dudar permanentemente de uno mismo ni en considerar igualmente válidas todas las posiciones. Consiste, entre otras cosas, en reconocer que nuestras creencias pueden contener errores y que nuestro conocimiento tiene límites.
En tres estudios preregistrados incluidos en un mismo artículo científico, con 889 participantes, por ejemplo, una mayor humildad intelectual predijo más conductas orientadas a comprobar la veracidad de información política potencialmente falsa. Esas conductas de investigación, a su vez, mejoraban la discriminación entre información verdadera y falsa.
Por cierto, dicho trabajo es de:
Koetke, J., Schumann, K., Porter, T. & Smilo-Morgan, I. (2023). Fallibility Salience Increases Intellectual Humility: Implications for People’s Willingness to Investigate Political Misinformation. Personality and Social Psychology Bulletin, 49(5), 806–820. DOI: 10.1177/01461672221080979. Fue publicado inicialmente online en 2022 y posteriormente en el volumen de 2023.
Otro trabajo reciente de Elizabeth J. Krumrei-Mancuso y Brian Newman, realizado a través de tres grandes muestras estadounidenses que sumaban 4.800 participantes, encontró que la humildad intelectual se asociaba con una menor disposición a compartir noticias políticas hostiles y falsas dirigidas contra el grupo político contrario.
Los autores son prudentes, ya que se trata fundamentalmente de asociaciones y el contexto era la polarización política estadounidense, por lo que no podemos convertir el resultado en una ley universal del comportamiento humano.
El artículo se titula “Intellectual Humility and Political Polarization: A Multi-Study Investigation”, publicado en Political Communication.
Pero la dirección de la pregunta me parece valiosísima: ¿qué ocurre cuando dejamos abierta la posibilidad de estar equivocados?
Porque cambiar de opinión se ha convertido absurdamente en una acusación
— Pero tú hace tres años decías otra cosa.
Afortunadamente.
La alternativa sería bastante inquietante. Recibir información nueva durante tres años y garantizar que ninguna de ella modifique absolutamente nada.
Naturalmente, cambiar continuamente de posición por conveniencia puede indicar incoherencia. Pero modificar una creencia porque disponemos de mejores datos debería ser una de las consecuencias naturales del aprendizaje.
Sin embargo, socialmente admiramos mucho más la consistencia que la actualización.
Decimos: «Siempre ha defendido lo mismo».
Como si mantener exactamente la misma opinión durante cuarenta años constituyera por sí mismo una prueba de profundidad intelectual.
Dependerá. Quizá tenía razón desde el principio. O quizá lleva cuarenta años sin revisar nada.
¿Solo pueden opinar los expertos?
Tampoco deberíamos caer ahora en el elitismo de pensar que solo pueden opinar los expertos Sería el error contrario.
Las sociedades democráticas necesitan ciudadanos que juzguen decisiones públicas. Las experiencias personales contienen información que los especialistas pueden desconocer. Una persona no necesita un doctorado en urbanismo para explicar cómo una determinada planificación urbana afecta a su barrio, ni ser especialista en educación para hablar de su experiencia como madre, alumno o profesor.
El problema aparece cuando confundimos el derecho a opinar con la equivalencia epistemológica de todas las opiniones.
Todos podemos hablar. Eso no significa que todas las afirmaciones estén igualmente fundamentadas. Mi experiencia tiene valor como experiencia. Los datos tienen valor como datos. El conocimiento especializado tiene valor como conocimiento especializado. Una hipótesis es una hipótesis. Y una ocurrencia sigue siendo una ocurrencia aunque consiga 80.000 likes.
Quizá necesitamos recuperar la diferencia entre tener voz y tener razón
Internet democratizó extraordinariamente la primera. No democratizó la segunda.
Que cualquiera pueda publicar una explicación sobre neurociencia no hace que todas las explicaciones neurocientíficas sean igualmente correctas. Que diez mil personas compartan una afirmación no aumenta automáticamente su calidad epistemológica.
La popularidad responde a una pregunta: ¿cuánta gente reaccionó a esto?
La veracidad responde a otra: ¿qué evidencia tenemos para creer que esto es cierto?
A veces coinciden. A veces no. Y confundirlas puede ser uno de los grandes problemas cognitivos de nuestro ecosistema informativo.
Quizá podríamos hacer un experimento muy sencillo
La próxima vez que sintamos el impulso inmediato de opinar sobre algo, podríamos introducir tres preguntas antes de hacerlo.
- ¿Qué sé realmente sobre esto?
- ¿Cómo sé lo que creo saber?
- ¿Qué evidencia me haría cambiar de opinión?
La tercera es especialmente incómoda.
Porque si la respuesta es «Nada», entonces quizá ya no estamos hablando de una conclusión. Estamos hablando de una identidad.
Y si después de intentar explicar el asunto descubrimos que no entendemos bien cómo funciona, tampoco ha ocurrido ninguna tragedia. Acabamos de encontrar la frontera de nuestro conocimiento. Eso es muchísimo más útil que ocultarla.
¿Necesitamos dejar de opinar?
No, ni de broma. No necesitamos dejar de opinar. Necesitamos mejorar nuestra relación con nuestras propias opiniones. Una sociedad donde nadie opinara sería intelectualmente pobre. Necesitamos discusión, desacuerdo, hipótesis, interpretación y pensamiento crítico.
Pero pensamiento crítico no significa criticar mucho. Ni sospechar de todo. Ni encontrar siempre un argumento contrario. Significa también aplicar el análisis a nuestras propias conclusiones.
- Preguntarnos de dónde vienen.
- Qué evidencia las respalda.
- Qué parte conocemos directamente.
- Qué parte hemos heredado de nuestro grupo.
- Qué estamos suponiendo.
- Qué ignoramos.
- Con qué grado de certeza deberíamos expresarlas.
Quizá una de las competencias intelectuales más importantes de los próximos años no sea aprender a tener mejores opiniones. Sea aprender a calibrarlas.
Y eso es lo que me fascina de esta epidemia de opiniones
Tenemos acceso a más conocimiento que cualquier generación anterior y, al mismo tiempo, vivimos en un sistema que permite pronunciarnos antes de haberlo adquirido.
Podemos leer una investigación completa, pero también podemos compartir el titular.
Podemos escuchar al especialista, pero también al desconocido que lo explica con muchísima más seguridad.
Podemos esperar, pero tenemos una caja preguntándonos: «¿Qué estás pensando?»
Y quizá ahí exista una de las pequeñas rebeliones intelectuales de nuestro tiempo. No tener que pensar públicamente sobre todo. Poder decir:
- «No conozco suficientemente este asunto.»
- «Necesito leer más.»
- «Mi opinión es provisional.»
- «No estoy seguro.»
- «He cambiado de opinión.»
- «Sobre esto todavía no tengo nada interesante que decir.»
Porque tener una opinión sobre todo no demuestra que pensemos mucho. A veces puede demostrar exactamente lo contrario, que no hemos permanecido el tiempo suficiente delante de una pregunta como para descubrir lo complicada que era.
Nota:
Estos contenidos son parte de mis experiencias y conclusiones personales que me han enseñado a mejorar profesional y personalmente. No creo en las verdades absolutas (a menos que haya pruebas fehacientes), pero sí son mi verdad basada en hechos reales.
Los contenidos que comparto sobre psicología social, neurociencias del comportamiento humano, inteligencia emocional, arquitectura del relato y estructuras narrativas son parte de mi constante estudio documentado para aportar rigor en el apoyo de los hechos desde hace casi veinte años.
Así mismo, mis reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en debates conflictivos, pero sí creyendo en el diálogo humano para enriquecernos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmar mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento como parte de microfenómenos de la sociedad.
Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.
Elia Guardiola – hola@eliaguardiola.com – www.eliaguardiola.com