Estás en la ducha. Conduciendo. Caminando. Intentando dormir. Y de repente estás manteniendo una conversación extraordinaria. Solo existe un pequeño inconveniente: la otra persona no está allí. Vamos a verlo desde el lado de la Psicología.

— Mira, hay algo que llevo tiempo queriéndote decir…

Y empieza. Tú hablas. La otra persona responde. Tú anticipas su respuesta. Ella replica. Tú encuentras exactamente las palabras adecuadas. Incluso puede que te enfades.

— No. Perdona. Eso no fue así.

Y continúas.

Cinco minutos después has ganado una discusión que probablemente nunca ocurrirá contra una persona que desconoce por completo que acaba de perderla.

Nuestro cerebro tiene estas cosas. Es jodidamente maravilloso.

Lo hacemos constantemente

No paramos de ensayar constantemente…

  • cómo pedir un aumento.
  • cómo terminar una relación.
  • qué decirle a alguien que nos ha decepcionado.
  • cómo responder si nuestro jefe cuestiona una decisión.
  • cómo explicar algo difícil a nuestros padres.
  • cómo abordar una conversación con nuestra pareja.
  • cómo defender una propuesta ante un cliente.

Incluso conversaciones mucho menos trascendentes.

— Si mañana me pregunta por qué no fui, le diré…

O la variante retrospectiva:

— Tenía que haberle dicho…

E inmediatamente comienza una nueva versión de la conversación. Esta vez mucho mejor escrita. Más brillante. Más contundente. Con respuestas que misteriosamente nunca se nos ocurrieron cuando teníamos a la persona delante.

A las 2:37 de la madrugada, sin embargo, somos Churchill.

La psicología tiene incluso un concepto para esto

Se han estudiado como imagined interactions (interacciones imaginadas).

Son representaciones mentales de conversaciones con otras personas que pueden haber ocurrido anteriormente o que anticipamos que podrían producirse. Y no son necesariamente fantasías absurdas.

En uno de los trabajos fundacionales sobre el fenómeno, precisamente sobre Psicología, Renee Edwards, James Honeycutt y Kenneth Zagacki observaron que estas conversaciones imaginadas aparecían frecuentemente antes de interacciones reales. Estaban muy relacionadas con asuntos interpersonales y podían cumplir precisamente una función de ensayo para encuentros futuros.

Décadas después, estudios mediante diarios cotidianos volvieron a encontrar el ensayo y la anticipación entre las funciones habituales de estas interacciones imaginadas.

Es decir, aquella conversación imaginaria que mantienes mientras preparas café no es necesariamente ruido mental. Puede ser un simulador.

Porque nuestro cerebro no solamente recuerda. Hablemos de Psicología.

También anticipa.

Y esta es una de las cosas que más me fascinan del cerebro humano.

Utilizamos fragmentos de experiencias pasadas para construir acontecimientos que todavía no existen.

La neurociencia cognitiva denomina episodic future thinking a la capacidad de imaginar o simular acontecimientos específicos que podrían ocurrir en nuestro futuro.

Y aquí sucede algo extraordinario y la neurociencia y la psicología lo estudian a la perfección. Recordar el pasado e imaginar el futuro utilizan parcialmente una red cerebral común.

Los estudios de neuroimagen han identificado la participación de regiones del lóbulo temporal medial, incluida la formación hipocampal, junto con corteza prefrontal medial, cíngulo posterior y regiones temporales y parietales. Esta red se solapa ampliamente con la conocida default mode network.

Dicho de una manera menos académica: para imaginar mañana, el cerebro recicla materiales de ayer.

Personas. Lugares. Frases. Emociones. Experiencias… Y construye con ellas escenas que todavía no han sucedido.

La Psicología dice que el hipocampo no es simplemente un archivador del pasado

Durante mucho tiempo hemos asociado memoria fundamentalmente con almacenamiento. Pero la investigación contemporánea ha complicado bastante esa idea.

Una de las propuestas en psicología más influyentes de Daniel Schacter y colaboradores plantea precisamente un cerebro prospectivo: recordar no serviría únicamente para reconstruir lo sucedido, sino también para disponer de materiales con los que simular posibilidades futuras.

Y esto cambia nuestra manera de entender aquellas conversaciones imaginarias. Quizá no estamos simplemente pensando demasiado. En determinados momentos estamos ensayando futuros posibles.

— Si dice esto, responderé aquello.

— Si se enfada, intentaré mantenerme tranquila.

— Primero le explicaré esto.

— No quiero empezar acusándole.

— Tengo que acordarme de preguntarle aquello.

El cerebro construye un pequeño escenario antes de entrar en el escenario verdadero.

Y ensayar puede funcionar. La Psicología lo demuestra

No solamente como metáfora.

Un estudio publicado en Communication Education investigó específicamente si las interacciones imaginadas y el ensayo podían influir en una situación posterior de comunicación oral.

Los resultados mostraron que el ensayo reducía determinados tipos de pausas silenciosas durante la intervención, aunque no todos los indicadores de fluidez mejoraban de la misma manera.

Esto importa porque evita una conclusión demasiado bonita: «Imaginar que todo irá bien hará que todo vaya bien».

No. Por dios, no. La evidencia es bastante menos cursi.

Pero preparar mentalmente una interacción puede ayudarnos a organizar respuestas y reducir parte de la incertidumbre.

Preparar respuestas futuras funciona en otros ámbitos del comportamiento y la Psicología

Peter Gollwitzer desarrolló el concepto de implementation intentions, planes del tipo:

«Si ocurre X, entonces haré Y».

Una gran revisión cuantitativa de Gollwitzer y Paschal Sheeran analizó 94 pruebas independientes y encontró un efecto de magnitud media-alta sobre la consecución de objetivos, alrededor de d = 0,65.

Abro paréntesis…

Por cierto, hago un inciso y abro paréntesis para explicar ese dato/resultado:

Ese d = 0,65 es un tamaño del efecto, concretamente una medida estandarizada de diferencia (Cohen’s d). En términos sencillos, indica cuánto mejor funcionaron, en promedio, las “implementation intentions” (planes del tipo «si ocurre X, entonces haré Y») sobre la consecución de objetivos frente a las condiciones de comparación.

Como referencia convencional para interpretar d:

  • d ≈ 0,20 → efecto pequeño
  • d ≈ 0,50 → efecto medio
  • d ≈ 0,80 → efecto grande

Por tanto, d = 0,65 representa un efecto entre medio y grande, lo cual es considerable en investigación psicológica y conductual.

Pero cuidado: no significa «funciona un 65 %» Esto es importante. 0,65 no es un porcentaje. Significa que la diferencia media entre los grupos fue de aproximadamente 0,65 desviaciones estándar en la variable estudiada.

Podemos traducirlo intuitivamente, con algunas simplificaciones estadísticas, así: si tomáramos al azar una persona que utilizó este tipo de planificación y otra del grupo de comparación, la primera tendría aproximadamente un 68 % de probabilidad de obtener un resultado superior a la segunda.

Pero tampoco significa que «el 68 % de las personas consiga sus objetivos». Son cosas diferentes.

Cierro paréntesis y vuelvo al hilo…

Así que estos planes parecían facilitar, entre otras cosas, iniciar las conductas previstas y responder de manera más automática cuando aparecía la situación anticipada. No estudiaban específicamente discusiones imaginarias en la ducha.

Una pena.

Pero el mecanismo nos ayuda a comprender por qué preparar mentalmente determinados escenarios puede resultar útil.

— Si intenta interrumpirme, no elevaré la voz, terminaré mi argumento.

— Si me pregunta por el presupuesto, explicaré primero el valor y después la cifra.

— Si noto que me bloqueo, pediré unos segundos para pensar.

Ya no estoy intentando escribir el guion exacto de lo que sucederá. Estoy preparando respuestas posibles ante situaciones posibles. Y esa diferencia es importantísima.

Aquí aparece la trampa, y la Psicología lo estudia perfectamente

Hay un momento en el que ensayar deja de prepararnos. Y empieza a atraparnos.

Imaginas la conversación. Luego otra vez. Luego cambias una frase. Luego anticipas una respuesta peor. Después imaginas cómo responderías a esa respuesta. La otra persona se enfada. Tú también. Ahora imaginas las consecuencias. Después vuelves al principio.

Y llevas cuarenta minutos discutiendo mentalmente con alguien que probablemente está viendo Netflix, durmiendo o vete tú a saber. Lo único que no está haciendo esa persona es elucubrar mentalmente como lo estás haciendo tú, créeme.

Aquí ya no estamos necesariamente ante una simulación útil. Nos acercamos a otra familia de procesos psicológicos: la preocupación y el pensamiento negativo repetitivo.

Ensayar y rumiar pueden parecerse muchísimo desde fuera

  • En ambos pensamos repetidamente.
  • En ambos imaginamos conversaciones.
  • En ambos anticipamos escenarios.

Pero funcionalmente pueden ser muy diferentes. El ensayo útil tiende a producir algo.

  • Una decisión.
  • Una frase.
  • Un límite.
  • Un plan.
  • Una acción.

La rumiación puede girar alrededor del mismo contenido una y otra vez sin generar una solución.

Analicemos un poco más la rumiación

Edward Watkins y Henrietta Roberts revisaron décadas de investigación sobre rumiación y encontraron que esta puede prolongar estados emocionales negativos, interferir con la resolución de problemas y con conductas orientadas a la acción, además de estar relacionada con diversas formas de psicopatología.

Y una cohorte longitudinal de 1.972 adultos seguida durante tres años encontró asociaciones entre el pensamiento negativo repetitivo y la gravedad, persistencia y recaída de síntomas y trastornos depresivos y de ansiedad, aunque los propios autores advierten de las limitaciones inherentes a las medidas de autoinforme y de que ajustar por variables basales reducía parte de su capacidad predictiva.

Por tanto, la buena noticia es que no, que ensayar conversaciones imaginarias no significa que tengamos un problema psicológico.

Pero dar vueltas compulsivamente a escenarios amenazantes tampoco equivale a prepararnos mejor.

Quizá exista una pregunta sencilla para distinguirlos

Después de pensar durante diez minutos: ¿sé mejor qué voy a hacer?

Si la respuesta es sí, quizá estaba preparando.

Si la respuesta es:

— No, pero ahora tengo diecisiete escenarios nuevos en los que todo termina fatal…

probablemente mi cerebro ha abandonado la sala de ensayo y ha abierto una productora audiovisual con presupuesto ilimitado. Supongo que se entiende la metáfora.

Hay algo especialmente tramposo en estas conversaciones

Controlamos a todos los personajes. Nosotros escribimos nuestra frase. Pero también escribimos la respuesta del otro.

— Seguro que me dirá…

¿Seguro?

— Ya sé cómo va a reaccionar.

¿Lo sabes?

— Cuando le diga esto se pondrá a la defensiva.

Quizá…. o no.

Pero seguimos ensayando como si hubiéramos recibido previamente el guion de la otra persona. Y entonces podemos llegar a una conversación verdadera habiendo vivido ya emocionalmente una conversación ficticia.

Esto tiene consecuencias. Veamos qué dice la Psicología

Imagina que durante dos días has ensayado cómo decirle algo difícil a alguien. En todas tus simulaciones la otra persona reacciona mal.

Se defiende. Te acusa. Te interrumpe. Tú te enfadas. Vuelves a ensayarlo. Una y otra vez…

Cuando finalmente os sentáis a hablar, la otra persona todavía no ha pronunciado una palabra. Pero tú puedes llegar con parte de la respuesta emocional ya activada.

Ella empieza desde cero. Tú quizá vienes del episodio 13.

Y entonces sucede algo fascinante: podemos reaccionar ante lo que imaginamos que alguien hará antes de comprobar lo que realmente hace.

Qué distingue nuestro cerebro

Nuestro cerebro tampoco distingue pasado y futuro de manera tan radical como intuitivamente creemos

No significa, como a veces se afirma de manera simplista, que «el cerebro no distingue realidad de imaginación». Eso sería incorrecto.

Sabemos perfectamente que estamos imaginando. Pero recordar acontecimientos pasados y construir acontecimientos futuros sí comparten numerosos procesos cognitivos y neurales.

La investigación muestra que la simulación episódica del futuro implica una red que incluye regiones prefrontales, temporales mediales, parietales y del cíngulo posterior. Además, cuando imaginamos interacciones sociales futuras aparecen especialmente implicadas regiones relacionadas con procesamiento social, entre ellas la corteza prefrontal medial.

Nuestro cerebro puede representar escenarios inexistentes con suficiente riqueza como para que tengan relevancia emocional y cognitiva.

Por eso una conversación que jamás ha ocurrido puede preocuparnos, enfadarnos, aliviarnos, prepararnos o impedirnos dormir.

Y después está la otra versión

La conversación que ya ocurrió. Pero repetimos porque no terminó como queríamos.

— Tenía que haberle dicho…

Aaaaahhh… Ese clásico. Exacto. ESE.

La frase perfecta siempre llega tarde. Horas después reconstruimos la escena. Esta vez no nos quedamos callados. Esta vez respondemos inmediatamente. Esta vez pronunciamos exactamente esa frase devastadoramente brillante que habría cerrado la discusión.

Y ganamos. Por fin.

Lástima que el adversario ya esté en su casa y no haya solicitado revancha, jajaja…

Pero incluso esto puede tener una función

Revisar una interacción pasada puede ayudarnos a aprender.

  • ¿Qué hice?
  • ¿Qué habría podido hacer diferente?
  • ¿Qué quiero hacer la próxima vez?

Eso transforma el pasado en información. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos: «¿Qué puedo aprender de esto?» y empezamos a preguntarnos infinitamente: «¿Por qué ocurrió? ¿Por qué dijo eso? ¿Por qué no respondí aquello? ¿Y si hubiera…? ¿Y si…? ¿Y si…?»

Entonces ya no estamos extrayendo información del acontecimiento. Estamos viviendo repetidamente dentro de él.

Y la literatura sobre pensamiento negativo perseverativo advierte precisamente de esa diferencia entre reflexión productiva y procesamiento repetitivo que mantiene el malestar sin avanzar hacia una resolución.

Quizá por eso no deberíamos intentar dejar de ensayar conversaciones

Sería absurdo. La prospección es una capacidad profundamente adaptativa.

Imaginar el futuro nos ayuda en la toma de decisiones, la memoria prospectiva, la regulación emocional y la planificación de nuestra conducta.

La cuestión interesante no es: «¿Por qué hablo con personas que no están?»

La cuestión es: «¿Para qué estoy manteniendo esta conversación?»

  • ¿Para prepararme?
  • ¿Para ordenar lo que siento?
  • ¿Para decidir qué quiero decir?
  • ¿Para comprender al otro?
  • ¿O llevo treinta minutos intentando controlar mentalmente una situación que todavía no existe?

Hagamos un pequeño experimento

La próxima vez que te descubras manteniendo una conversación imaginaria, no intentes detenerla inmediatamente. Sencillamente obsérvala.

  • ¿Con quién estás hablando?
  • ¿Qué estás intentando conseguir?
  • ¿Qué respuesta temes?
  • ¿Qué necesitas decir?
  • ¿Estás preparando una acción o simplemente repitiendo una amenaza?
  • Y, sobre todo: ¿estás ensayando tus palabras o también estás escribiendo las del otro?

Porque ahí puede estar la frontera.

Preparar lo que quiero comunicar depende de mí. Decidir anticipadamente cómo reaccionará otra persona, no.

Y eso es lo que me fascina del comportamiento humano

Podemos estar completamente solos en una habitación y tener una vida social extraordinariamente concurrida.

  • Discutimos con personas ausentes.
  • Pedimos perdón a gente que duerme.
  • Damos discursos ante audiencias inexistentes.
  • Respondemos preguntas que nadie ha formulado.
  • Terminamos relaciones que todavía continúan.
  • Ganamos discusiones que nunca sucedieron.
  • Y pronunciamos algunas de las mejores frases de nuestra vida frente al espejo del baño.

Parece absurdo, ¿verdad? No, no lo es. Porque quizá sea una de las capacidades más sofisticadas de nuestra mente.

Podemos vivir provisionalmente una situación antes de vivirla.

Construir un futuro. Entrar en él. Probar una respuesta. Salir. Modificarla. Y volver a entrar.

El problema empieza cuando olvidamos algo fundamental: el ensayo ocurre en nuestra cabeza. La conversación ocurrirá entre dos.

Y la otra persona no ha leído nuestro guion. Puede sorprendernos, entendernos, reaccionar muchísimo mejor de lo esperado. Incluso puede reaccionar peor, ddecir algo que jamás habíamos contemplado… o puede que esa conversación que llevamos una semana representando ni siquiera llegue a suceder.

Y quizá esa sea la paradoja más hermosa de todas:

Invertimos horas intentando controlar conversaciones imaginarias porque la conversación verdadera contiene precisamente aquello que nuestra mente no puede ensayar del todo: Al otro.


Nota:

Estos contenidos son parte de mis experiencias y conclusiones personales que me han enseñado a mejorar profesional y personalmente. No creo en las verdades absolutas (a menos que haya pruebas fehacientes), pero sí son mi verdad basada en hechos reales.

Los contenidos que comparto sobre psicología social, neurociencias del comportamiento humano, inteligencia emocional, arquitectura del relato y estructuras narrativas son parte de mi constante estudio documentado para aportar rigor en el apoyo de los hechos desde hace casi veinte años.

Así mismo, mis reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en debates conflictivos, pero sí creyendo en el diálogo humano para enriquecernos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmar mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento como parte de microfenómenos de la sociedad.

Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.

Elia Guardiola – hola@eliaguardiola.com – www.eliaguardiola.com