Hoy quiero hablarte de la vulnerabilidad y el exhibicionismo. De cómo las redes sociales y el mundo digital han cambiado la forma en que nos comunicamos, sobre todo cuando hablamos de vulnerabilidad. Las razones psicológicas, científicas y sobre todo cómo nos afecta personal, interpersonal y profesionalmente. Agárrate, porque vienen curvas. 😉

Qué dice la ciencia y la psicología sobre ello, y cómo las redes sociales y el mundo digital han cambiado el concepto y nuestra forma de comunicar

La forma en que nos comunicamos actualmente es extraordinaria y sumamente curiosa.

Una persona publica en LinkedIn que ha atravesado una etapa profesional difícil, que ha sufrido una crisis personal, que se ha sentido insegura durante años o que ha tenido que reconstruirse después de un fracaso.

Esa publicación sobre vulnerabilidad recibe cientos de comentarios, miles de visualizaciones y una cantidad considerable de mensajes felicitándola por su valentía, su autenticidad y su vulnerabilidad.

Al día siguiente, otra persona comparte una experiencia parecida, pero la reacción es completamente diferente. Algunos usuarios consideran que está utilizando su sufrimiento para llamar la atención, que está exponiendo aspectos de su vida que deberían permanecer en privado o que está convirtiendo una experiencia personal en una estrategia de posicionamiento.

Y esta contradicción hace preguntarme inevitablemente…

¿por qué interpretamos algunas revelaciones personales como actos de valentía y otras como exhibicionismo?

Y a esta pregunta, mi cerebro no puede más que elucubrar más preguntas en base a esta.

  • ¿Qué determina que una historia íntima nos parezca auténtica, oportunista, inspiradora o innecesaria?
  • ¿Depende de lo que se cuenta?
  • ¿Depende de cómo se cuenta?
  • ¿Depende de quién lo cuenta?
  • ¿Depende de la relación que tenemos con esa persona?
  • ¿Depende de de lo que creemos que pretende conseguir?

Pensemos en una publicación bastante habitual:

«Hoy quiero compartir algo que nunca había contado. Durante años he vivido con miedo a no estar a la altura. He llorado antes de reuniones importantes, he dudado de mis capacidades y he pensado muchas veces en abandonar. Pero hoy, después de todo lo aprendido, puedo decir que cada dificultad me ha convertido en la persona que soy».

Debajo encontramos una fotografía cuidadosamente seleccionada, un titular emocional, una estructura narrativa reconocible y una conclusión sobre liderazgo, resiliencia o crecimiento personal. Vamos, vulnerabilidad en toda regla y bien mostrada.

Puede ser una historia completamente cierta, por supuesto. O haber requerido un enorme esfuerzo emocional escribirla. Puede ayudar a otras personas que atraviesan experiencias parecidas. Y, al mismo tiempo, puede formar parte de una estrategia deliberada de comunicación profesional.

Estas posibilidades no son necesariamente incompatibles. Por eso creo que la cuestión es bastante más compleja que decidir si alguien está siendo auténtico o está buscando atención.

Quizá el verdadero problema sea que…

Hemos empezado a utilizar la palabra vulnerabilidad para describir prácticamente cualquier exposición pública de nuestra intimidad, como si revelar información personal y mostrarse vulnerable fueran exactamente lo mismo. – Elia Guardiola –

Y no lo son.

La vulnerabilidad no es una cantidad de información que revelamos

Cuando hablamos de vulnerabilidad solemos pensar en personas que muestran sus emociones, reconocen sus dificultades o comparten experiencias que normalmente mantendrían en privado.

Sin embargo, desde una perspectiva psicológica conviene distinguir varios conceptos. La AUTORREVELACIÓN, conocida en investigación como self-disclosure, consiste en comunicar información personal a otras personas.

Esa información puede incluir pensamientos, emociones, experiencias, opiniones, recuerdos, deseos o aspectos de nuestra identidad. La VULNERABILIDAD, en cambio, implica una condición de exposición a la posibilidad de sufrir algún daño, rechazo, juicio, pérdida o consecuencia desfavorable.

En el terreno interpersonal, mostrarnos vulnerables puede implicar comunicar algo que nos importa sin controlar completamente cómo será recibido.

Y el EXHIBICIONISMO, en su uso cotidiano dentro de este debate, suele referirse a una exposición llamativa o excesiva de aspectos personales.

Ojo, aquí no estamos hablando del significado clínico del término, sino de su utilización social para describir determinadas conductas comunicativas. Estas tres categorías no son equivalentes ni necesariamente excluyentes.

Podemos revelar información personal sin experimentar una vulnerabilidad significativa. Podemos mostrarnos vulnerables sin compartir detalles íntimos. Y una exposición pública muy elaborada puede contener experiencias auténticas sin que eso nos permita conocer las motivaciones completas de quien la realiza.

Por ejemplo, una persona puede publicar que ha tenido un año complicado, sin explicar demasiado. Otra puede compartir detalles muy íntimos de una ruptura sentimental, acompañados de fotografías, mensajes privados y reflexiones sobre lo sucedido.

¿Quién se ha mostrado más vulnerable? No podemos determinarlo únicamente contando la cantidad de información revelada.

La profundidad de la exposición no se mide en palabras, fotografías o confesiones. Contar más no significa necesariamente mostrarse más vulnerable. Y quizá ahí comienza una de las confusiones más importantes de nuestra comunicación digital.

¿Por qué sentimos la necesidad de hablar de nosotros mismos?

Antes de cuestionar la exposición personal en redes sociales, conviene comprender que hablar de nosotros mismos no es una rareza contemporánea.

Es una conducta humana vinculada con nuestra vida social. Compartimos experiencias para construir relaciones, obtener apoyo, transmitir información, negociar nuestra identidad, expresar emociones y permitir que otras personas nos conozcan. La psicología lleva décadas investigando cómo funciona la autorrevelación y qué papel desempeña en las relaciones interpersonales.

En 1994, Nancy Collins y Lynn Miller publicaron en Psychological Bulletin un metaanálisis titulado Self-disclosure and liking: A meta-analytic review, en el que examinaron la relación entre revelar información personal y el agrado interpersonal.

Encontraron evidencia de tres relaciones:

  1. Tendemos a sentir mayor agrado por personas que revelan información relativamente íntima.
  2. Tendemos a compartir más información con personas que inicialmente nos agradan.
  3. También podemos desarrollar mayor agrado hacia alguien después de habernos revelado personalmente ante esa persona.

Los autores señalaron, además, que estas relaciones dependían de diferentes variables y del contexto de interacción.

Es decir, compartir información personal puede favorecer la cercanía, pero no existe una regla universal según la cual cuanto más contamos, más conectamos.

¿Cómo afecta esto en el storytelling, las narrativas, el liderazgo y la comunicación?

Esto es especialmente relevante para quienes trabajamos con storytelling, narrativas, liderazgo y comunicación. Durante años hemos repetido que las historias personales generan conexión emocional. Y es cierto que pueden hacerlo. Pero esa afirmación se ha simplificado tanto que a veces parece que cualquier confesión pública produce automáticamente confianza.

Lo siento, pero no funciona así.

La confianza no depende únicamente de conocer información íntima sobre alguien. También intervienen la coherencia, la reciprocidad, el contexto, las expectativas y la interpretación que hacemos de las intenciones de esa persona.

Una historia personal puede acercarnos a alguien. Pero también puede hacernos sentir que estamos participando en una intimidad para la que nunca habíamos dado nuestro consentimiento emocional. Y esta última posibilidad apenas aparece en los discursos entusiastas sobre autenticidad digital.

Por qué hablar de nosotros mismos puede resultar gratificante incluso con la vulnerabilidad

Aquí la neurociencia aporta una perspectiva especialmente interesante. En 2012, Diana Tamir y Jason Mitchell publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences una investigación titulada Disclosing information about the self is intrinsically rewarding.

A través de cinco estudios que combinaron experimentos conductuales y técnicas de neuroimagen, investigaron el valor subjetivo que atribuimos a comunicar información sobre nosotros mismos.

En una de las tareas, los participantes podían elegir entre responder preguntas sobre sus propias opiniones o responder preguntas sobre otras personas y hechos. Las opciones estaban asociadas con pequeñas recompensas económicas.

Los investigadores observaron que, en determinadas condiciones, los participantes estaban dispuestos a renunciar a una parte del dinero disponible para poder responder preguntas sobre sí mismos.

En una de las tareas, esa preferencia se tradujo en una pérdida media aproximada del 17 % de las ganancias potenciales. Los experimentos de resonancia magnética funcional también mostraron una mayor actividad en regiones relacionadas con el procesamiento de recompensa durante determinadas condiciones de pensamiento y comunicación autorreferencial.

El resultado sugiere que hablar de nosotros mismos puede tener valor subjetivo por sí mismo, independientemente de otros beneficios sociales que podamos obtener.

Pero cuidado con la interpretación.

El estudio no demuestra que publicar experiencias íntimas en Instagram o LinkedIn produzca adicción, ni que compartir una historia dolorosa active necesariamente un mecanismo de recompensa específico. Tampoco permite afirmar que quienes hablan mucho de sí mismos sean narcisistas o exhibicionistas. Lo que aporta es una explicación parcial de por qué compartir información personal puede resultarnos gratificante.

Y eso me lleva a una cuestión que considero bastante interesante.

Si hablar de nosotros mismos ya puede tener valor subjetivo, ¿qué ocurre cuando además incorporamos una audiencia que responde, comenta, comparte y reconoce públicamente nuestra experiencia?

La respuesta exige estudiar no solo nuestra psicología individual, sino también las condiciones sociales en las que estamos comunicando.

Las redes sociales han transformado la arquitectura de la intimidad y la vulnerabilidad

Antes de las plataformas digitales, la mayor parte de nuestras revelaciones personales se producía dentro de contextos relativamente delimitados. Contábamos determinadas cosas a nuestra pareja, otras a nuestros amigos, otras a nuestros compañeros de trabajo y otras a personas con las que manteníamos relaciones de confianza como puede ser la familia.

No siempre éramos completamente conscientes de ello, pero adaptábamos el contenido y la profundidad de nuestras revelaciones a cada relación. Las redes sociales modificaron infinitamente esa organización.

En 2011, Alice Marwick y Danah Boyd publicaron una investigación en New Media & Society sobre el fenómeno conocido como «context collapse», que podemos traducir como «colapso de contextos.»

El concepto describe una característica de la comunicación digital. Diferentes audiencias, que en nuestra vida cotidiana permanecerían relativamente separadas, pueden coincidir ante un mismo contenido.

Imaginemos que publicamos una reflexión sobre una crisis personal.

Puede leerla nuestra madre, un antiguo compañero de universidad, un cliente potencial, nuestro responsable de recursos humanos, una persona con la que discutimos hace cinco años y alguien que no sabe absolutamente nada de nosotros.

Todos reciben el mismo mensaje. Pero ninguno lo interpreta necesariamente desde el mismo contexto.

Para un amigo cercano puede ser una expresión de sinceridad. Pero para un cliente, puede ser una señal de humanidad, o incluso de debilidad. Para un desconocido, una búsqueda de atención. Para alguien que ha vivido una experiencia similar, una oportunidad de sentirse comprendido.

La publicación no cambia. Cambia la relación entre quien comunica y quien interpreta. – Elia Guardiola –

Y aquí encontramos una de las dificultades más importantes de la vulnerabilidad pública: una historia personal puede ser adecuada para una audiencia y resultar excesivamente íntima para otra.

No porque una de las dos tenga necesariamente razón, sino porque las expectativas de comunicación son diferentes. Por eso creo que…

La autenticidad digital no puede analizarse únicamente desde las intenciones del emisor. También debemos considerar el contexto de recepción. – Elia Guardiola –

La paradoja: queremos parecer espontáneos en espacios donde todo puede editarse

Si lo analizamos desde las estructuras narrativas, las redes sociales nos permiten seleccionar cuidadosamente qué acontecimientos contamos, en qué orden los presentamos, qué imágenes utilizamos, qué detalles omitimos y qué conclusión queremos que extraiga nuestra audiencia. Es decir, nos permiten construir relatos.

Y construir un relato no significa necesariamente mentir. Toda narración requiere seleccionar información. Cuando explicamos qué nos ocurrió ayer, también decidimos por dónde empezar, qué acontecimientos consideramos relevantes y qué detalles dejamos fuera.

El problema aparece cuando confundimos la elaboración narrativa con la ausencia de autenticidad, o cuando interpretamos una historia emocionalmente eficaz como una reproducción completa y espontánea de la experiencia original.

Una publicación puede ser auténtica y estar cuidadosamente construida. Una persona puede haber sufrido profundamente y, meses después, convertir aquella experiencia en una historia con una introducción, un conflicto, una transformación y un desenlace. Eso no invalida lo que vivió.

Pero sí significa que estamos ante dos fenómenos diferentes: la experiencia y su representación narrativa.

Lo que ocurrió no es exactamente lo mismo que la historia que decidimos contar sobre lo ocurrido. Y esa distinción se vuelve fundamental cuando utilizamos nuestras experiencias personales como contenido público.

Porque una cosa es haber atravesado una dificultad y otra es haber construido un relato sobre esa dificultad que resulte comprensible, emocionalmente significativo y atractivo para una audiencia. Ambas pueden coexistir.

Sin embargo, cuando el objetivo comunicativo empieza a determinar qué experiencias seleccionamos y cómo debemos sentirnos respecto a ellas, me aparece una pregunta… ¿Estamos utilizando el storytelling para comprender mejor lo que hemos vivido o estamos empezando a interpretar nuestra vida en función de su potencial narrativo?

Cuando el dolor necesita un desenlace inspirador

Las estructuras narrativas suelen organizarse alrededor de transformaciones. Esto es una realidad que a fecha de hoy espero que todos tengamos claro. Un protagonista desea algo, encuentra obstáculos, atraviesa un conflicto y experimenta algún cambio. Hale, hecho.

Esa arquitectura resulta extraordinariamente útil para comprender experiencias humanas y comunicar aprendizajes. Pero también puede generar un problema cuando la aplicamos indiscriminadamente a nuestras vivencias personales.

Pensemos en la cantidad de publicaciones que siguen una estructura parecida:

  • «Lo perdí todo»
  • «Pensé que no podría continuar»
  • «Toqué fondo»
  • «Entonces comprendí algo que cambió mi vida»
  • «Hoy soy más fuerte que nunca»

No tengo nada contra estas historias. Algunas son extraordinarias y pueden transmitir aprendizajes muy valiosos.

El problema es convertir esta secuencia en la única forma legítima de narrar una dificultad. Porque no todas las experiencias dolorosas producen inmediatamente una enseñanza.

Y te lo digo por experiencia. Algunos de los momentos más duros de mi vida no me enseñaron nada en ese preciso instante. Al menos no de forma consciente. Tuve que procesar los hechos, todo aquello que por bloqueo emocional no puede entender en el momento que ocurrió. Tuve que darme tiempo, una especie de duelo y sus etapas, para poder comprender todo lo que pasó y qué aprendí de lo sucedido.

No todas las crisis terminan en una transformación positiva. No todas las pérdidas nos convierten en mejores personas. Y no siempre necesitamos encontrar una moraleja para que aquello que hemos vivido tenga significado.

Sin embargo…

Las estructuras narrativas digitales tienden a favorecer historias que ofrecen algún tipo de resolución, especialmente cuando su propósito es inspirar, motivar o construir una marca personal.

Y ahí podemos acabar produciendo una versión excesivamente ordenada de nuestra propia experiencia. – Elia Guardiola –

La tristeza se convierte en aprendizaje. La incertidumbre, en propósito. El fracaso, en oportunidad. La pérdida, en crecimiento. Todo debe conducir a algo. Pero ¿y si todavía no sabemos qué significa lo que nos ha ocurrido? ¿Y si no hemos aprendido ninguna gran lección? ¿Y si simplemente estamos atravesando una etapa difícil?

Desde el punto de vista narrativo, no todos los conflictos necesitan resolverse en el momento en que decidimos contarlos.

No deberíamos exigirnos convertir cada experiencia dolorosa en una demostración pública de resiliencia. – Elia Guardiola –

No todo lo que nos ocurre tiene que transformarse en una historia inspiradora para merecer ser vivido, comprendido o acompañado.

La vulnerabilidad también puede convertirse en una estrategia de posicionamiento

En el ámbito profesional, compartir experiencias personales puede contribuir a construir una imagen de cercanía, humanidad y accesibilidad.

  • Un directivo que reconoce que se equivocó puede favorecer conversaciones sobre aprendizaje.
  • Una emprendedora que explica las dificultades de su proyecto puede ofrecer información valiosa a otras personas.
  • Un conferenciante que comparte sus inseguridades puede cuestionar la idea de que hablar en público exige una confianza inquebrantable.

Estas revelaciones pueden tener un propósito legítimo. Y, por supuesto, también pueden formar parte de una estrategia de comunicación. No existe una contradicción automática entre ambas cosas.

La exposición personal

Pero seamos honestos y reconozcámoslo… en determinados contextos, la exposición personal se ha convertido en un recurso narrativo de diferenciación.

  • Cuando muchas personas comunican sus éxitos, contar fracasos puede resultar distintivo.
  • Cuando todos presentan una imagen de competencia, reconocer inseguridades puede generar cercanía.
  • Cuando abundan los mensajes corporativos impersonales, introducir experiencias íntimas puede humanizar una marca.

La cuestión no es si estos recursos funcionan, sino qué sucede cuando empezamos a confundir el recurso comunicativo con la experiencia psicológica que representa. Porque una publicación sobre vulnerabilidad no demuestra por sí misma que una persona sea vulnerable en sus relaciones.

  • Una historia sobre humildad no garantiza humildad.
  • Un relato sobre liderazgo empático no demuestra necesariamente un comportamiento empático.
  • Una confesión emocional tampoco constituye, por sí sola, una prueba de autenticidad.

En comunicación existe una diferencia fundamental entre los atributos que afirmamos poseer y los comportamientos que permiten a otras personas reconocerlos. Podemos contar una historia sobre nuestra capacidad de escuchar. Pero escuchar es una conducta.

Podemos publicar sobre la importancia de reconocer errores. Pero reconocerlos cuando tienen consecuencias profesionales exige algo más que una buena publicación.

Quizá una de las formas más interesantes de vulnerabilidad en el liderazgo no sea contar públicamente una experiencia dolorosa, sino aceptar que no tenemos todas las respuestas delante de nuestro equipo.

O reconocer que hemos tomado una decisión equivocada, permitir que alguien cuestione nuestra interpretación. O pedir ayuda cuando realmente la necesitamos. Y esas situaciones, curiosamente, no siempre generan fotografías bonitas ni grandes cifras de interacción.

La distinción que quiero recuperar

Durante mucho tiempo hemos aprendido a proteger nuestra intimidad. Después hemos empezado a reivindicar la importancia de mostrar nuestras emociones, reconocer dificultades y construir relaciones más auténticas. Ese cambio ha abierto posibilidades valiosas.

Hoy podemos encontrar testimonios que nos ayudan a comprender experiencias que antes permanecían silenciadas. Podemos descubrir que otras personas atraviesan dificultades parecidas. Podemos cuestionar modelos profesionales basados en la perfección permanente y reconocer que la fragilidad forma parte de la experiencia humana.

Pero también hemos construido un ecosistema comunicativo donde la intimidad puede convertirse en contenido, la exposición en estrategia y la vulnerabilidad en una etiqueta que utilizamos para legitimar prácticamente cualquier revelación personal.

Y quizá por eso necesitamos recuperar algunas distinciones:

  • Mostrar una emoción no significa necesariamente haberla comprendido.
  • Compartir una dificultad no demuestra automáticamente valentía.
  • Contar algo íntimo no garantiza conexión.
  • Guardar silencio no implica falta de autenticidad.
  • Construir estratégicamente una historia personal tampoco significa que esa historia sea falsa.

Cómo afecta la vulnerabilidad desde el storytelling, la narrativa y la comunicación emocional

Desde el storytelling, la narrativa y la comunicación emocional, la cuestión no es elegir entre mostrarlo todo o no contar nada. La cuestión es comprender qué estamos contando, por qué lo contamos, a quién se lo contamos y qué consecuencias puede tener hacerlo.

Porque las historias personales tienen una capacidad extraordinaria para generar comprensión, pero esa capacidad no depende de cuánto nos exponemos, sino también del criterio con el que decidimos qué compartir y cómo va a ser percibido.

Quizá la vulnerabilidad más interesante no sea aquella que consigue que miles de personas conozcan nuestras heridas.

Quizá la vulnerabilidad más auténtica es la que nos permite reconocer nuestras limitaciones, pedir ayuda, aceptar el juicio ajeno o mostrar incertidumbre cuando hacerlo tiene consecuencias, aunque no haya una audiencia observándonos. – Elia Guardiola –

Y quizá la autenticidad no consista en convertir toda nuestra vida en una historia pública. Sino en poder decidir qué partes de nuestra historia queremos contar y cuáles preferimos seguir viviendo sin espectadores.

Porque no todo lo que merece ser vivido necesita ser contado. Y no todo lo que puede contarse necesita ser publicado.



Referencias científicas y bibliográficas

  • Collins, N. L., & Miller, L. C. (1994). Self-disclosure and liking: A meta-analytic review. Psychological Bulletin, 116(3), 457–475.
  • Tamir, D. I., & Mitchell, J. P. (2012). Disclosing information about the self is intrinsically rewarding. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(21), 8038–8043.
  • Marwick, A. E., & boyd, d. (2011). I tweet honestly, I tweet passionately: Twitter users, context collapse, and the imagined audience. New Media & Society, 13(1), 114–133.


Nota:

Estos contenidos son parte de mis experiencias y conclusiones personales que me han enseñado a mejorar profesional y personalmente. No creo en las verdades absolutas (a menos que haya pruebas fehacientes), pero sí son mi verdad basada en hechos reales.

Los contenidos que comparto sobre psicología social, neurociencias del comportamiento humano, inteligencia emocional, arquitectura del relato y estructuras narrativas son parte de mi constante estudio documentado para aportar rigor en el apoyo de los hechos desde hace casi veinte años.

Así mismo, mis reflexiones son pensamientos personales, propios, huyendo de meterme en debates conflictivos, pero sí creyendo en el diálogo humano para enriquecernos. Escupo lucubraciones propias que me ayudan a plasmar mi pensamiento crítico ante situaciones de la historia de la humanidad, de su antropología y psicología del comportamiento como parte de microfenómenos de la sociedad.

Todos los comentarios son bienvenidos siempre que se hagan desde el respeto y ayuden a aportar valor al pensamiento colectivo.

Elia Guardiola – hola@eliaguardiola.com – www.eliaguardiola.com